Historia

¡Huelga de alquileres!

Me gusta cantar. Reconozco que no canto bien, pero me gusta. Así que no debe resultarles extraño que el sábado pasado, mientras paseaba por el barrio de la Barceloneta, empezase a tararear una canción a media voz. Se trataba de aquélla que entonó Silvia Pérez Cruz cuando recogió el Goya a la mejor canción original, que versa sobre el drama de los desahucios. Mientras tarareaba no podia evitar observar las casas que me rodeaban, verdaderas cajas de cerillas donde desde siempre se han hacinado los trabajadores del mar del litoral barcelonés. Yo también me acordaba de los desahuciados. No de éstos, que vienen padeciendo el desalojo de sus casas en los últimos años, sino de aquéllos. Aquéllos que en los albores de la II República vivían una situación idéntica hasta que decidieron decir basta.

Sucedió en el verano de 1931. La crisis económica internacional, desatada a raíz del crack de 1929, se había instalado irremediablamente en nuestra frágil economía. La falta de trabajo era generalizada. Particularmente dura era la situación en el ramo de la construcción, dado el contraste con el desarrollo desorbitado que había tenido el sector hasta finales de los años veinte. La demanda de trabajadores había provocado la llegada de un aluvión de personas desde otras regiones de España en busca de trabajo. Sin embargo en 1931 la industria de la edificación se había frenado en seco y el paro alcanzaba en este ramo a casi el 50% de sus trabajadores. No existían para ellos ni ayudas ni subsidios. Mientras tanto en Barcelona no cabía un alfiler y los alquileres estaban por las nubes. Los recien llegados se veían obligados a ubicarse en barracas (chabolas) diminutas y antihigiénicas que se extendían por millares en la falda de la montaña de Montjuïc o a lo largo de la playa de Barcelona. Mientras tanto en el centro de la ciudad proliferaban las “Casas de dormir” o se practicaba la cohabitación: en un mismo piso dos o  tres familias convivían en apenas 40 o 50 metros cuadrados. Los alquileres (pues aun no existia la remota posibilidad de adquirir una casa en propiedad para las gentes humildes) suponían entre el 30 y el 50% del salario medio de un obrero. Así las cosas ¿Qué se podia hacer?

¿Qué se podia hacer? Eso mismo me preguntaba yo el sábado pasado. Y sin darme cuenta había caminado hasta mi respuesta. Tan absorto en mis pensamientos que ya ni siquiera me oía cantar había dejado atrás la Barceloneta y me había encaminado hacia el barrio de la Ribera. Tras de mi había dejado el sonido imaginario de cientos de discusiones que, a buen seguro, se habían producido en el seno de cada uno de esos hogares. Casi podia oir aún a lo lejos los llantos de los hijos más pequeños; los gritos de las madres desesperadas (“¡Algo hay que hacer!”); las evasivas de los maridos (“¿Pero yo qué quieres que haga si no hay trabajo?”); y así, sin percatarme, había seguido caminando de forma automática, hasta que mis pies se detuvieron por si solos. Algo sorprendido levanté la vista. A mi izquierda se levantaba el imponente edificio del Fomento de Trabajo Nacional (la patronal catalana), y a mi derecha una casa de pisos andrajosos, tan vulgar y corriente como las del resto de la calle Mercaders, en la que me hallaba. Pero aquella casa era distinta, me di cuenta al observar la placa que indicaba que se trataba del número 26 y por eso no pude evitar esbozar una leve sonrisa.

En esa casa, sede del Sindicato de la Construcción, se forjó el “Comité de Defensa Económica” que decidió iniciar una huelga de inquilinos en abril de 1931. La huelga se iniciaría en la Barceloneta, y se extendería como un reguero de pólvora por gran parte de las barriadas obreras de Barcelona. Las demandas eran claras y concisas: se exigía una rebaja del 40% en el precio de los alquileres. Mientras los propietarios no se avinieran a aceptar la rebaja, los inquilinos no pagarían ni alquiler, ni agua, ni luz.

La Propiedad no se quedó de brazos cruzados y exigió el desalojo de los inquilinos por impago al Gobierno de la República. Así comenzaron a efectuarse desahucios entre julio y septiembre de 1931. Sin embargo los vecinos, organizados de forma autónoma y solidaria, se las ingeniaban para volver a colocar todos los muebles en su sitio y recuperar sus casas. La acción del Gobierno no estaba surtiendo efecto y la huelga continuaba con fuerza. A finales del verano eran ya 45.000 los huelguistas. Por ello a partir de octubre se optó por cambiar ligeramente de estrategia: la policia recibió órdenes de lanzar los enseres de las casas por el balcón, de forma que se rompieran y quedasen a buen seguro inutilizados. Por su parte la Compañía de Agua Gas y Electricidad tampoco escatimó en represalias, provocando cortes de agua y luz en los hogares que no les pagaban. Así lo narra Abel Paz (en ‘Chumberas y alacranes’ Barcelona, ed. Hacer, 1994), testimonio excepcional de aquella huelga cuando tan solo tenia 11 años:

“La compañía de la luz cortó el fluido, pero después de aquel corte pasaron al poco tiempo otros empleados de la Compañía que conectaron la luz. Esta era la táctica que seguían los obreros de la Compañía: unos cumplían órdenes de la compañía, cortándola y otros del Sindicato, tras ellos, la ponían en marcha”.

‘El llogater’, num. 1, enero 1933, p.6

Así pues, nuevamente la organización y la solidaridad de los inquilinos dejaba sin efecto la acción de sus detractores. Aun así la dureza de las autoridades hizo mella en los huelguistas. Los implicados en la resistencia a los deshaucios comenzaron a ser encarcelados como presos gubernativos (esta figura jurídica permitía detener a cualquier persona sin acusacion formal alguna en momentos de excepción). A finales del año 1931, tras seis meses resistiendo deshaucios y prisión, la huelga se dio por finalizada. Hubo nuevos conatos de huelgas de alquileres durante el resto del período republicano. Al “Comité de Defensa Economica” del sindicato de la construcción le sucedió, en esta misión, la recien creada “Unión de Inquilinos”, que publicaba su propio órgano de prensa “El Llogater” (“El Inquilino”). Gracias a ello sabemos hoy que aquella huelga no fue en vano. Aunque no se aceptase la rebaja exigida de forma generalizada, sí existió una rebaja en los alquileres en los meses posteriores a la huelga, fruto de la presión social ejercida.

Mientras las imágenes de este relato, del que ahora les hago partícipes, se agolpaban en mi cabeza no dejaba de mirar incrédulo hacia la puerta desvencijada del número 26 de la calle Mercaders. No podia evitar preguntarme ¿Por qué? ¿Por qué no se recuerdan huelgas como ésta a pesar del aprendizaje que entrañan y sus paralelismos con la época actual? Quizá la respuesta esté en sus protagonistas. Los vecinos que ofrecían resistencia y se oponían con encono a los deshaucios no eran mayoritariamente rudos obreros sindicalistas. Ni siquiera hombres duros  sin trabajo, bregados en la lucha callejera. Simplemente eran mujeres y niños. Sectores sin voz, entre los sin voz. Así nos lo explica nuevamente Abel Paz:

“Los chiquillos montábamos guardia en la calle para prevenir a las gentes de adentro, caso que viéramos venir hacia nosotros camionetas de guardias de asalto, que eran quienes hacían los deshaucios.

Generalmente durante el día los hombres que estaban parados se iban por la mañana al Sindicato o en busca de trabajo. La consigna era que sólamente las mujeres y los chiquillos hiciéramos frente a los guardias, pues se pensaba que no habiendo hombres de por medio no habría detenciones”.

Continué caminando calle arriba, ahora cabizbajo, ya no tenia ganas de cantar. Maldije nuestra falta de memoria colectiva y me comprometí a poner remedio. Por ello les propongo que caminen junto a mi a través de Utepils. Que busquemos juntos en ese mar de posibilidades que es la Historia y conozcamos las respuestas más inverosímiles a problemáticas sorprendentemente actuales; soluciones imposibles a reivindicaciones inimaginables que, sin embargo, sucedieron y fueron reales. ¿Me acompañan?

Nota: La fotografía que abre esta entrada muestra una Casa de dormir y es la imagen de portada del libro de Manel Aisa Pàmpols titulado La huelga de alquileres y el Comité de defensa económica.

Share:

11 comments

  1. di 13 Febrero, 2017 at 23:19 Responder

    Hola Miguel y Utepilsantes!

    Me ha encantado tu artículo, una historia que no conocía. Me da mucha pena ver cómo estamos ignorando la historia, derechos que costaron tanto conseguir, o luchas concretas como la que describes… Nos vamos a cargar en unos anios lo que costó tanto tiempo conseguir. A nivel personal, yo tenía una Yaya de Barcelona que andaría por los 11 anios por las calles de la cudad en la época q describes, así que me ha recordado a ella. La Yaya siempre se echaba las manos a la cabeza cuando oía q las tiendas iban a abrir en domingo: “con la sangre que costó q se cerrara en domingo!”, decía.

    Otra cosa, una apreciación personal. Sé q está admitido por la RAE, la utlización de “humilde” como “pobre, con pocos recursos” , pero no me gusta. Una familia puede ser pobre y digna, y orgullosa (orgullo de clase). Ya sé q lo has usado con la acepción pobre, pero me gustaría iniciar un debate para cambiar esto… no sé qué pensáis… ahí va la RAE

    humilde
    Del lat. humĭlis, con infl. de humildad.
    1. adj. Que tiene humildad. Apl. a pers., u. t. c. s.
    2. adj. Que vive modestamente. Apl. a pers., u. t. c. s.
    3. adj. Dicho de una cosa: baja (‖ de poca altura).
    4. adj. Carente de nobleza.

    Muxus y hugs

    di

  2. Iñaki 14 Febrero, 2017 at 08:35 Responder

    El lenguaje no es inocente, ni mucho menos. Haciendo sinónimas las palabras pobre y humilde ya estamos presuponiendo que ésa es la actitud esperada para alguien con pocos recursos económicos. “Tú calladito, discreto, no molestes”. Así es como debería ser, no?

  3. Miguel Garau 14 Febrero, 2017 at 13:09 Responder

    Hola Di, muchas gracias, ¡Me alegro de que te haya gustado!

    Respecto a la palabra humilde tienes razón, puede dar lugar a equívocos. Está claro que el lenguaje está cargado de connotaciones políticas. Yo soy partidario de evitar conceptos como “clase obrera” porque creo que hoy día no identifican al lector. Al menos al amplio grupo de lectores que no se identifica con una concepción antagonista de la sociedad en forma de lucha de clases. Por ello utilizo términos como “humildes” o “modestas” o, tal y como has apuntado tú, con pocos recursos. En este sentido creo que el lector del siglo XXI se identifica mejor con estos términos, en definitiva la mayoría somos “alkilas” (¿Por qué no acuñar “alkilas” como se hace con “okupas”?) .

    Otro debate sería analizar porque la gente que podría identificarse con el concepto de clase obrera ya no se identifica como tal… pero eso es otro debate y daría para mucho!

    Un abrazo y gracias

    Miguel

  4. di 14 Febrero, 2017 at 22:12 Responder

    Vale, pero para eso estamos aquí no? Para debatir!

    Lo primero, me alegro q de entrada tanto a ti como a Iñaki os chirríe lo de “gente humilde”. El lenguaje hace la realidad, y yo es precisamente veo una imagen en blanco y negro con esto de “humilde”, pero a un bracero con su gorra entre las manos, tipo “Los santos inocentes”, humillados (más q humildes) por un señorito, q es precisamente el indigno para mí.

    Personalmente, pero igual es q soy muy antigua, no estoy de acuerdo en desechar el concepto de “clase obrera”. Te escribo desde el Reino Unido, donde el triunfo de Thatcher fue el desposeer a la gente de esa conciencia de clase. Todo lo q se ha conseguido con la lucha obrera ha sido precisamente por esa conciencia de clase y lucha colectiva. Ahora, entiendo por donde vas, ya no tenemos masas de trabajadores q van a la fábrica igual q antes, ahora el Precariat es, además, otro (gente q trabaja en los Callcentre, becarios de treintaymuchos, y demás). Esta gente no quiere reconocerse como “obrera” pq parece q se sienten de menos… no, ellos tienen una carrera y malviven y se consideran clase media. Total: nos han ganado. La derecha nos ha ganado, cuando hemso perdido el único poder q tenemos, q es el de los muchos. Entiendo q hay partidos q, para toda esta gente, tiene q usar oros conceptos como “los de arriba y los de abajo”, pero al final, los siento: es lo mismo. Sobre este tema tal vez os suene Owen Jones, el columnista del Guardian. Siempre es inetresante lo q escribe, y de este tema lo hace mucho.

    Hugs!

    di

  5. Inmaculada Sayas Mendía 14 Febrero, 2017 at 22:21 Responder

    Enhorabuena por los artículos que van saliendo. Miguel eres grande . Lucía Berlín será mi próxima lectura, pensar que lo tuve en las manos y no lo compré!Me lo regalaré el día del libro.

  6. Miguel Garau 15 Febrero, 2017 at 18:38 Responder

    Hola Inma, ¡muchas gracias!

    Di, grosso modo estamos de acuerdo, aunque cómo dirían en aquella parodia de martes y trece del detergente “es lo mismo, pero no es igual”. Es decir que aunque una mayoría de la población sea, en sus condiciones materiales, clase obrera, si no se autoidentifican como tal, la etiqueta deja de ser discursivamente funcional. Habrá que buscar otras categorías que generen mayor adhesión y que actualicen el discurso. Por mucho que existan paralelismos no podemos asimilar como idénticas la situación del “precariado” actual (comparto contigo la utilidad de esta etiqueta, me gusta mucho) con la de la clase obrera del siglo XIX (¡Marx escribió el Manifiesto Comunista en 1848!).

    Por último, si te gusta Owen Jones y todo este tema (y ya que estás en UK) te recomiendo que leas al padre de la historia social británica (de él bebemos todos): E. P. Thompson “La formación de la clase obrera inglesa”. Son tres tomos pero te juro que se lee sólo, es muy ameno. Es un marxista de los años 50 y 60 que actualizó la definición de clase obrera y analizó sus raíces, concluyendo que para entender la formación de una conciencia de clase no sólo eran importantes las condiciones materiales (miserables) de los individuos, sino también su capacidad para crear y conformar una sociabilidad y cultura propias (surgidas del seno de la clase obrera, netamente separadas de las instituciones “burguesas”) a través de ateneos, escuelas, cooperativas etc.

    Un abrazo,

    Miguel

  7. Bandini 16 Febrero, 2017 at 12:42 Responder

    Oh, un debate interesante para desayunar, en la que creo que se mezclan, bien mezclados, dos cosas: conceptos y conciencia (de clase o de grupo o de pertenencia).

    Mi perspectiva:

    .-No creo que nadie se reconozca o se defina como humilde. Para mí, en mi diccionario, se puede ser rico y humilde, el antónimo de humildad es orgullo y son, los dos, conceptos diferentes e independientes de la renta y el patrimonio de cada persona.

    .-Clase obrera como concepto antagonista. Totalmente de acuerdo, y más que antagonista, dialéctico. ¿Puede haber una clase obrera sin conciencia de clase? Sí. Y con respecto a su validez o su modernidad: Theresa May está volviendo a hablar de “working class” cuando Cameron (de la Isla) y Osborne no paraban de hablar de “working families”. El matiz no es inocente.

  8. di 16 Febrero, 2017 at 23:06 Responder

    Querido Miguel (has leido el libro?)

    Veo lo q dices, pero cuando yo decía q “nos han ganado” me refería precisamente a q la mayoría q es, en el fondo, clase obrera, se haya dejado de identificar comomo tal. Tú crees q la situación es diferente de hace un siglo (cómo rebatirte), pero yo creo q los principios básicos vienen siendo los mismos: “la unión hace la fuerza” y “divide y vencerás” siguen funcionando y en su lugar nos enfrentamos a individualismo y “sálvese quien pueda”. Pero bueno, llámenlo de otra manera, pero q se articule en un movimiento real.

    Mil gracias pro la referencia… no lo he leído pero me lo apunto, suena muy bien….m ientras tanto.. nos lo podías contar en un siguiente artículo? 🙂 porfa!

    Bandini, sí q puede haber clase obrera, o como se le queira llamar siguiendo la conversación con Miguel, q no sea consciente de ello. La falta de educaicon política de alguna gente es pasmosa. Nuestros abuelos tenían mucha más… había campesinos q no sabían leer ni escribir y q tenían claro, por lo menos de a quien tenían enfrente y quien estaba con ellos. Lo de May apelando a los obreros crees q esta relacionado con la gente pobre q ha votado por el brexit? Su antecesora thatcher fue la q se cargo la sociedad, ya todo era el individuo…. esta de qué va?

    Muxus y hugs

    di

  9. Miguel Garau 18 Febrero, 2017 at 23:19 Responder

    Muy buenas,
    Respondiendoos a ambos creo que la cuestión de la existencia o no de la clase obrera en la actualidad depende del enfoque desde donde nos hagamos esa pregunta. En términos sociológicos o de análisis económico es obvio que existen los obreros o la clase obrera. Otra cosa es que tengan conciencia de ello. Este debate ya se planteó cuando Marx vivía. Él distinguía la ‘clase en si’ (o sea la indiscutible existencia de obreros explotados) y la ‘clase para sí’. Es decir, los obreros que actúan con conciencia de que su situacion no es individual sino colectiva y obedece a su posición subalterna en un engranaje (el sistema ecónomico capitalista) del que deben desembarazarse mediante la acción colectiva. El ‘pegamento’ de esa acción colectiva debía ser pues el sentimiento de pertenencia a una misma clase social.
    En la actualidad yo creo que se plantean dos vias para ‘despertar’ la conciencia de clase: seguir planteando la cuestión como si nada hubiera cambiado desde el siglo XIX y esperar a que la gente ‘vea la luz’ (Indirectamente creo que se culpa a la gente de no saber lo que le conviene y se siente un cierto orgullo de ser minoritarios, porque eso significa ‘que no se han vendido’). O bien, la otra opción es adaptar la lectura de la realidad, hacerla más acorde con los tiempos actuales, y tratar de que el mayor número de personas en situacion de precariedad vea mas lo que les une que lo que les separa. Yo estoy por lo segundo….bueno si habéis seguido los debates en Podemos ya os podéis imaginar con quien me identifico más :p

    Di, me apunto para el futuro lo de hacer una recensión de la obra de Thompson! 😉

  10. di 20 Febrero, 2017 at 09:43 Responder

    Vale, estamos de acuerdo en los principios: la “clase obrera” existe, algunos tienen conciencia, otros no. Consideras q los q la tenemos son sentimos en una especie de “estado de gracia” sobre los q no, los miramos paternalísticamente por encima del hombro. Hablas de “despertar” esa conciencia, una abiertamente, y la otra “adaptar”, “hacer acorde”, etc… es esto no paternalista? Pq tú tienes claro q algo ha de “despertar”, la cuestión es puramente nominal?

    No sé si habrás visto este artículo. Habla de “The uses of literacy” de Hoggart, q igual tú habrás leído… Al principio hace una reflexión interesante sobre la escisión de clase vía la educación…

    https://www.theguardian.com/books/2017/feb/18/lynsey-hanley-brexit-britain-divided-culture-uses-of-literacy

    Salud,

    di

Escribe un comentario

Tu dirección de email no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con asterisco