Filosofía

El chiste soy yo: humor y subjetividad en la era de la broma infinita (Parte I)

¿Quieres ver los epítetos

que de la comedia he hallado?

De la vida es un traslado,

Sustento de lo discreto,

Doma del entendimiento,

De los sentidos banquete,

De los gustos ramillete,

Esfera del pensamiento,

Olvido de los agravios,

Manjar de diversos precios

Que mata de hambre a los necios

Y satisface a los sabios.

Mira lo que quieres ser

De aquestos dos bandos.

Tirso de Molina

 

Un gitano, un cura y uno de la ETA entran en un puticlub[1] Si usted se ha echado a temblar es porque es un hablante competente del castellano con un conocimiento enciclopédico lo suficientemente rico como para prever que lo que viene a continuación podría gustarle y no gustarle -de manera no necesariamente incompatible- en grados muy diversos y por muy variadas razones. Podría, por ejemplo, anticipar que los puntos suspensivos se completarán con: a) la explotación cafre de determinados estereotipos raciales -que, por supuesto, usted detesta (¿o no?)-; b)  la activación de implicaturas [2] sobre la existencia de señores con excesiva querencia por los pubis sin pelo; o c) la descarga sublimada de cierta pulsión reprimida que, maldita la broma, podría llevarle a la cárcel.

Si hemos de hacer caso a Freud -y en este particular, deberíamos- nunca sabemos con certeza de qué ni por qué reímos en presencia de un chiste [3]. De hecho, somos especialmente pertinaces en nuestro afán por engañarnos a nosotros mismos acerca de las razones por las que un chiste nos hace reír. Nos gusta imaginarnos como connoisseurs exquisitos que se deleitan -siempre desde la atalaya- con sutiles cabriolas e inocuos pescozones a la inteligencia, no como gañanes incapaces de contener la carcajada ante un pedo. La jocosidad, sin embargo, bien podría tener su origen en regiones harto menos reconocibles de nuestra psique y para las que ni siquiera estemos en condiciones de identificar como propias. Los chistes podrían, en suma, ejemplificar esa condición de lo Unheimlich, mediante la cual llegamos a la espeluznante conclusión de que ese Otro reflejado en el espejo siempre fuimos nosotros [4].

El chiste es, según el lingüista Salvatore Attardo, “la más simple y menos complicada forma de humor textual” [5]. Aunque no hay juicio valorativo alguno en las palabras de Attardo -entre su copiosa producción científica pueden encontrarse ejemplares de chistes que exhiben una formidable sofisticación-, éstas parecen, no obstante, presas del mismo tipo de prejuicio folk que atribuye a los chistes un papel meramente marginal en la cultura popular. En efecto, los chistes aparecen en el imaginario colectivo como material de desecho, puritito kippel –que yo sepa, a nadie se le ha ocurrido todavía incluir chistes de Arévalo en el disco de oro de las Voyager -que sobrevivirá a las civilizaciones (muy a su pesar, me temo) para dejar constancia de su obsesión por el perro Mistetas [6].

Con todo, los chistes son criaturas raras y fascinantes. Por un lado, se trata de fugitivas píldoras de ingenio deliberadamente diseñadas para provocar un no menos efímero modicum de placer. Contamos chistes sólo por (literalmente) “echarnos unas risas”, sin una preocupación ulterior a semejante propósito festivo. En su Crítica del juicio (1790), Kant incluía los chistes entre las artes agradables –por oposición a las bellas artes-, que tienen como único fin “hacer pasar el tiempo sin que se note”; idóneos, por tanto, para deleitar al espíritu en torno a una mesa: esa conversación vivaracha y desprendida en la que se puede “charlar a troche y moche y nadie quiere ser responsable de lo que dice, porque se preocupa solo del actual pasatiempo y no de una materia duradera para la reflexión”.[7] Así pues, podría resultar tentador relegar estos frívolos excedentes de discurso a la mesa de los niños, en la que se puede jugar con las croquetas y decir “culo” sin que nadie se rasgue las vestiduras. El locus amoenus de la chanza se encuentra a extramuros de la Gravitas; i.e., en el mundo de lo no-serio.

Por otro lado, los chistes no son solo juegos que se hacen con palabras, sino juegos de lenguaje en sí mismosun “todo formado por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido”, actos de habla susceptibles de provocar respuestas perturbadoras, e incluso (¡glups!) letales [8], cuando se efectúan en el momento y en el lugar equivocados –pero, sobre todo, ante el público equivocado-. Entendidos como tales, los chistes ya no son meros agregados de proposiciones, sino seres comunicativos con vida propia. Como afirma el humorista británico Jimmy Carr, “El contexto en el que se escucha un chiste puede hacer que pase de enigma inocente a complejo mensaje social codificado, generalmente ambivalente y abierto a una amplia gama de interpretaciones. El acto de contar un chiste puede ser profundamente serio”[9]. Y si no que se lo digan a Zapata.

Ilustración de Ernesto Rodera, www.rodera.net

Hay, pues, algo profundamente paradójico en el chiste.  Si decimos con Kant que la risa nace de una tensa expectación que acaba transformándose en NADA [10], contar un chiste es la más fútil e intrascendente de todas las cosas que pueden hacerse con palabras [11]. Sin embargo, algunos chistes SÍ tienen consecuencias. Los chistes racistas, sexistas u homófobos generan, en el mejor de los casos, reprobación y desasosiego, cuando no furiosa cólera en determinadas audiencias -dejo para más adelante la cuestión de si siempre e incondicionalmente deberían provocar tales respuestas-. En el peor de los casos, como demostraron las viñetas de Mahoma y, después, de manera todavía más monstruosa, la carnicería de Charlie Hebdo, contar un chiste podría matarte. LITERALMENTE [12].

Por otra parte, nos gusta creer que el bromista queda dispensado de determinadas obligaciones en lo que respecta a la verdad de lo que dice. Los chistes no son aserciones y, por tanto, no tienen pretensión de verdad. De hecho, el chiste podría ser considerado como el ejemplar paradigmático de lo que Victor Raskin denomina la comunicación non-bona-fide (NBF); esto es, una modalidad discursiva que comprende todas aquellas prácticas en las que los hablantes se liberan del compromiso -tácito, pero siempre vigente como norma regulativa de la comunicación bona-fide(BF)- con respecto a la verdad y a la relevancia de sus palabras. Sería, pues, una suerte de contrasentido -un caso de aquella “enfermedad filosófica” que lleva al majadero a confundir juegos de lenguaje distintos- pretender hacer responsable a un hablante del contenido de un acto de habla con respecto al cual, por definición, no se espera que deba aceptar compromiso veritativo alguno. No obstante, a juicio de Eduardo Inda y otros expertos en FASCISMO DEL BUENO, esto es precisamente lo que deberíamos hacer. Al menos, en determinados casos.

Quiero pensar que, llegados al punto en el que incluso el blanco de un chiste negrísimo se pronuncia públicamente para señalar con el dedo el delirante desatino de quien confunde churras con merinas, finalmente parece llegar algo de cordura al (ya cansino) debate sobre los límites del humor. Sin embargo, como todo el mundo sabe, una cosa es entender un chiste y otra muy distinta ser capaz de explicar la clave de su hilaridad. De igual modo, tener sentido común no implica necesariamente ser razonable. Y quien carece de razones para justificar su posición -o, peor, se engaña a propósito de las mismas¾ no está en condiciones de ser razonable. Me parece a mí que algo huele a pescadilla en Dinamarca cuando carecemos de herramientas para desmontar el falso dilema que nos aboca a elegir entre la majadería de creer que se puede hacer apología de un ente de ficción y el patetismo leguleyo que supone defenderse apelando al derecho de uno a ser tonto. Se puede, querido Strawberry, acertar por las razones equivocadas.

Continuará…

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[1] ¿Qué es esto, un chiste ofensivo? No, es una excusa meta-discursiva para justificar la presencia de las notas al pie.

[2] Si usted no se dedica a la filosofía del lenguaje, debería leer esto.

[3] Véase S. Freud, El chiste y su relación con lo inconsciente, Madrid: Alianza, 2008.

[4] En este sentido, Theodor Lipps fracasó miserablemente al definir el chiste como la “comicidad privativamente subjetiva”, esto es, como aquella comicidad inextricablemente vinculada a nuestra posición de SUJETO (que se halla por encima) y nunca a la de OBJETO.

[5] S. Attardo, “A primer forthelinguistics of humor”, en V. Raskin (ed.), The Primer of Humor Research, Berlin: Mouton de Gruyter, 2008, p. 108.

[6] En su artículo para la Stanford Encyclopedia of Philosophy, John Morreall sugiere que un posible visitante de otro planeta consideraría, a la luz de lo escasamente escrito a propósito, que el humor podría ser excluido de las cosas significativas humanas. Propongo un experimento mental: imaginemos que todas las obras de estética y crítica de arte desaparecieran tras un futuro apocalipsis zombi (¿por qué no?), pero solo quedaran los millares de libros recopilatorios de chistes. ¿Qué pensaría entonces ese antropólogo marciano?

[7] I. Kant, Crítica del juicio, Madrid: Austral, 2001, p. 260.

[8] Esto NO es una hipérbole. Piense, piense en ello.

[9] J. Carr y L. Greeves, The Naked Jape, Penguin, 2006, p. X.

[10] I. Kant, Crítica del juicio, p. 294.

[11] J. Austin, Cómo hacer cosas con palabras, Barcelona: Paidós, 1982.

[12] Como escribió proféticamente Hannah Arendt: “De vez en cuando, la comedia se convierte en horror y acaba en relatos, seguramente bastante verídicos, cuyo humor macabro sobrepasa el de cualquier imagen surrealista. ”

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Ignacio Redondo

2 comments

  1. Raspa 19 febrero, 2017 at 10:07 Responder

    Caray, este artículo le ha quedado redondo, Doctor Ídem.

    ¿Qué podemos esperar de las siguientes entregas? ¿Sería mucho pedir que hablase de The Aristocrats? ¿Chistes de Marta del Castillo? ¿¿El chiste asesino de los Monty Python?? ¡¿El chiste de la A?!

    (.)

  2. di 19 febrero, 2017 at 21:21 Responder

    Hola Ignacio y Utepilsantes,

    Gracias por el artículo… lo q pienso de la validez del tío Sigmund lo contaré mañana. Sobre “el cansino debate sobre los límites del humor”, no entraré , pero contaré una experiencia q me pasó hace poco.

    “2666” es la obra póstuma de Roberto Bolaño (escritor q, ya q estamos, usa mucho el humor en sus novelas), y q algunos os habréis topado en librerías, pues es imposible, literalmente, no verla: 1216 páginas, más de kilo y medio de libro. Está dividida en cinco partes, y la cuarta, “la parte de los crímenes” detalla hasta la extenuación (una técnica literaria más, q han llevado a muchos a abandonar) asesinatos de mujeres trabajadoras en las maquiladoras de una ciudad de frontera trasunto de Ciudad Juárez. La lectura de ese capítulo, de 400 páginas, solo se puede experimentar, no vale con q os lo cuente. El estado en el q te deja es tal, q cuando llegas a una escena en un restaurante donde un grupo de policías desayunan y uno cuenta, durante 3 páginas, chistes machistas (q podrían haber sido racistas, o sobre minusválidos), de repente todo encaja: no hace falta q “se encuentre el asesino”, los chistes te muestran claramente lo q hay en esa sociedad.

    Así q no hay chistes inocentes: definen al q los cuenta y al q los aplaude. Por supuesto defiendo el derecho a contarlos y a aplaudirlos, pero reto a cualquiera q haya leído “2666” a q me diga si rió, en ese contexto, de ninguno de esos chistes.

    Si alguien quiere leer más: ““2666” de Roberto Bolaño: No hay vuelta atrás”

    Esperando las siguientes entregas,

    di

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