Humanidades

El chiste soy yo: humor y subjetividad en la era de la broma infinita (Parte II)

Nota: Para leer la primera parte de este artículo, pincha aquí.

En su lúcido cuento, “El chistoso” (1956), Asimov imagina un futuro no muy lejano -que, paradójicamente, se nos antoja, ya no presente, sino pasado- en el que la civilización habrá diseñado un potente superordenador llamado Multivac capaz de proporcionar TODAS las respuestas a cualesquiera preguntas formuladas -aunque el lector contemporáneo piensa inmediatamente en Google, Multivac se parece mucho más a esa delicatessen del despropósito llamada Yahoo Answers-. En dicha civilización existe una rigurosa división social del trabajo que separa a los legos de los Grandes Maestros, individuos singulares de prodigiosa inteligencia, pero patéticamente solitarios, cuya única misión es proporcionar aquellas preguntas con sentido que después Multivac habrá de descodificar.

En el relato, alguien descubre que el Gran Maestro Meyerhof -para quien, por cierto, contar chistes constituye el único punto de contacto con el resto de los seres vulgares- pasa sus horas muertas introduciendo chistes en Multivac. Lo que en un principio parece un plan oculto para construir un repertorio infinito de chistes con el objeto de prolongar su frágil vínculo con otros seres humanos, se descubre como una pesquisa de mayor calado metafísico: la búsqueda definitiva que habría de llevar al origen mismo del chiste, el chiste primigenio. En efecto, Meyerhof llega a la inquietante conclusión de que “todos los chistes son viejos”:

No hay problema en que los chistes sean viejos. Al contrario, deben serlo para disfrutar de ellos. La originalidad no entra en el chiste. Existe una variedad de humor en la que cabe la originalidad, el juego de palabras. He oído algunos que evidentemente fueron compuestos siguiendo la inspiración del momento. Hasta yo he hecho algunos. Pero nadie se ríe de tales juegos de palabras. Uno gruñe. Y cuanto mejor sea el juego de palabras, más alto será el gruñido. El humor original no provoca la risa. ¿Por qué?

Meyerhof se percata entonces de que nadie ha explicado jamás de dónde proceden los chistes, lo que indefectiblemente lleva a la pregunta: “¿Quién los compone?”. Al introducir la pregunta en Multivac (¡atención, spoilers!), el ordenador revela que la autoría de los chistes no puede ser de origen humano: alguna inteligencia superior debió de crear el chiste primigenio, el Ur-joke, con el propósito de estudiar el comportamiento humano. El chiste es un experimento diseñado por un Ser superior para descifrar el mismísimo enigma de la Esfinge: “¿Quiénes el ser cuadrúpedo por la mañana, bípedo por la tarde y trípode por la noche?”. Como sabemos, el punchline (remate) -¿de un chiste guarro, tal vez?- somos NOSOTROS.

En los ratos tontos me gusta fantasear con la idea de que el Evangelio de Juan -y, por ende, toda la Teología de la Palabra- quizá no sea más que un ejemplo de comedia involuntaria. ¿Y si todo el venerable edificio de cierta tradición hermenéutica se cimentara sobre un torpe, pero hilarante error de traducción y algún zote hubiera confundido Logos (“palabra”) con Gelos (“risa”)?En ese caso, Dios no sería sino el Gran Bromista cósmico -el cuenta-chistes definitivo [1]- y el Universo no sería más que una gran broma infinita. En el principio era el chiste. No en vano, la idea de Dios como bromista superlativo es una constante cultural que recorre la historia, sin solución de continuidad, desde el Libro del Génesis hasta Watchmen [2].

El nombre de Isaac (en hebreo, Yitzhaq) significa “hará reír”, lo que no deja de tener su gracia: Abraham consideró, sin duda, una broma la posibilidad de que Sara pudiera engendrar a un niño a sus 90 años (Gen 17:17). En otro pasaje, de indudable humor negro, Dios propone a Abraham que sacrifique a su único hijo en holocausto [3], para después espetar algo así como: “¡Dónde vas, animal, que estaba de coña!” (Gen 22).En este sentido, no deja de resultar chistosamente profético que Mahoma decidiera no tomarse en serio la sospechosa maternidad de Sara, para otorgar carta de naturaleza a la religión islámica en torno a la primogenitura de Ismael. Finalmente, en un ejercicio de simetría aterradora, el círculo del humor ginecológico e infanticida se cierra ya en el Nuevo Testamento con otro celebérrimo ejemplo bíblico. Las tres grandes religiones monoteístas del planeta se erigen, en última instancia, sobre chistes de embarazadas.

Según algunos pensadores, Dios no puede reír, no porque exista limitación alguna a su, por definición, ilimitada omnipotencia, sino por pura contradicción lógica. El chiste tiene de suyo una estructura lineal y, en consecuencia, necesariamente extendida en el tiempo. Toda su capacidad sorpresiva -y, por tanto, el potencial efecto cómico capaz de suscitar la risa- depende en sentido estricto de ese carácter secuencial, de tal suerte que cierta información relevante para entender el punchline esté tramposa y disimuladamente oculta en su planteamiento (setup).

 

Para una inteligencia finita como la nuestra, encarnada y distendida en el tiempo, es absolutamente imposible llegar al punchline sin pasar previamente por el setup. Este pasar del punto A al punto B es exactamente lo que se requiere para despertar el batallón de expectativas que se verán inesperadamente subvertidas al captar el sentido del chiste. Pero para un espíritu puro que existe en el nunc stans, un eterno presente sin pasado ni futuro, no hay linealidad que valga porque no hay movimiento transeúnte del pensar. En este sentido, un Ser omnisciente y atemporal que siempre conociera ante hoc el subtexto capaz de resolverla incongruencia no puede sorprenderse a sí mismo y carece -so pena de caer en un absurdo metafísico- de las condiciones para reírse de un chiste (por muy bueno que éste sea).

Dice Bergson en su tratado sobre la risa que “en una sociedad de inteligencias puras quizá no se llorase, pero probablemente se reiría”. Creo que nada podría estar más alejado de la verdad. Es más, creo que se trata precisamente de lo contrario: solo un espíritu arrojado en el tiempo y consciente de su propia finitud es capaz de encontrar solaz en esa frustración anticipada de la inteligencia que llamamos chiste. Así las cosas, consideremos la siguiente hipótesis: ¿y si Dios hubiera creado a la humanidad porque no tenía quien le riera las gracias? [4] Al igual que los seres superiores en el relato de Asimov, Dios podría haber implantado el chiste en la conciencia humana, de manera que al menos una de sus criaturas pudiera finalmente reír por Él. Ni los ángeles ni las bestias podían servir a ese propósito. Como sostiene Milan Kundera, si bien los ángeles ríen, su hilaridades una pura expresión de gozo en la plenitud del Ser que “nada tiene que ver con los chistes ni con el humor”. Solo alguien capaz de no-ser, más aún, solo un ser consciente de su más que previsible fracaso (errare humanum est) sería capaz de apreciar el lado cómico de la existencia. Una vez más, el chiste somos NOSOTROS. El homo ridenses coextensivo con el homo errans.

Continuará…

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[1] Se cree que el científico decimonónico Louis Agassiz preparaba un libro precisamente titulado God as a joker.

[2] En un momento sobrecogedor, el Comediante le dice al Dr. Manhattan: “¡Hey… nunca dije que fuera un buen chiste!”, justo antes de acribillar a balazos a la mujer que lleva a su vástago en el vientre, para después implorar, entre el llanto y la risa diabólica, “¡que Dios nos ayude!”.

[3]Pace Inda, pues, los chistes sobre el Holocausto son tan viejos como el Universo mismo.

[4] Después de todo, para la teología cristiana, Dios no es un mega-ingeniero, sino un artista, un esteta que creó el Universo en un acto completamente desprovisto de necesidad lógica o mecánica. Es decir, la Creación es un acto de pura e infinita gratuidad. ¿Por qué hay algo en lugar de nada?, se pregunta el filósofo. Responde el teólogo: por la Gracia de Dios; lo cual no dista demasiado de lo que podría haber dicho el bufón: “por echarse unas risas”.

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Ignacio Redondo

3 comments

  1. Luxindex 23 Febrero, 2017 at 11:07 Responder

    Estimado Ignacio:

    Estoy leyendo, y releyendo, con grandísimo gusto tus artículos; a gusto pero apretado: como si, conteniendo el aliento, asistiera al arrojo de un funámbulo, tú, que, sin red y desde la cumbrera de la carpa, surcara ya el aire en un doble salto mortal rumbo al tercero.

    ¿No encontraste número más difícil a realizar? ¿Cómo te mantienes airoso en tan arriesgado ejercicio cuando otros llevaríamos rato estampados contra la arena?

    Gracias, enhorabuena y suerte con la tercera entrega, que ojalá preceda a una cuerta y sucesivas.

    (A decir verdad, se me ocurre un tema —más bien subtema del que tú estás tan bien planteando— aún más insondable: El humor y los humores: diferencias entre el chiste para hombre y para mujer.)

  2. Iñaki 24 Febrero, 2017 at 13:22 Responder

    La omnisciencia de Dios y el carácter lineal de los chistes nos llevan a pensar que Dios no puede reír, no es así? Sin embargo, hay veces que uno ríe cuando oye un chiste por segunda vez, aún sabiendo su desenlace. Quizás Dios esté riendo constantemente pensando en los infinitos chistes que existen y existirán…

  3. Luxindex 24 Febrero, 2017 at 15:35 Responder

    Tampoco puede Dios jugar (realmente jugar) a las adivinanzas (se las sabe todas). Puede fingir, eso sí, que no se las sabe para a la postre adivinar lo que le pongan por delante y quedar, el muy listorro, siempre por encima. Son muchas cosas. No sé.

    Aunque también, quizá, Él sea la adivinanza que a todas ellas contiene, desde «Adivina, adivinanza, ¿qué tiene el rey en la panza?» hasta «Un tren eléctrico viaja hacia el Norte, ¿hacía dónde va el humo?». Sí, así visto…

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