Filosofía

El chiste soy yo: humor y subjetividad en la era de la broma infinita (Parte III)

Nota: para leer la segunda parte de este artículo, pincha aquí.

Según Norman Malcom, Wittgenstein sostuvo en una ocasión que podría escribirse un libro filosóficamente serio que estuviera compuesto única y exclusivamente de chistes [1]. No está claro cómo deberíamos interpretar estas palabras, pero parece plausible pensar que el pensador vienés querría llamar la atención sobre la seriedad que se oculta tras la levedad de los chistes. Es decir, Wittgenstein vendría a decir lo mismo que Jimmy Carr: contar un chiste puede ser algo muy serio. No seré yo quien se oponga a esta lectura. Después de todo, alguien que se toma la molestia de escribir sobre el chiste debe considerarlo, como poco, un objeto mínimamente digno de interés. Sin embargo, tengo para mí que Wittgenstein también podría, en su habitual estilo enigmático, haber querido hacer él mismo un chiste filosófico sobre la apariencia de profundidad de la filosofía. En efecto, esto es precisamente lo que parece desprenderse de este otro pasaje de sus Investigaciones filosóficas:

  • 111. Los problemas que surgen de una malinterpretación de nuestras formas lingüísticas tienen el carácter de lo profundo. Son profundas inquietudes; se enraízan tan profundamente en nosotros como las formas de nuestro lenguaje y su significado es tan grande como la importancia de nuestro lenguaje. -Preguntémonos: ¿Por qué sentimos como profundo un chiste gramatical? (Y ésa es por cierto la profundidad filosófica).

El chiste, por tanto, está en que el filósofo -o, al menos, cierta clase de filósofos [2]- cree estar diciendo algo muy profundo, cuando en realidad está diciendo una memez. La verborrea filosófica tiene la misma consistencia de un chiste. Genera perplejidad y pone en marcha el circuito del pensamiento, pero una vez que el desconcierto se disipa, nos percatamos de que no había problema en absoluto, sino simplemente un uso ilegítimo del lenguaje. Imaginar la historia del pensamiento como si no fuera más que un formidable libro recopilatorio de chistes ayuda repensar la tarea terapéutica del filósofo, que no ha venido a resolver problemas, sino a disolver –como si de la interpretación de un chiste se tratase- la turbación intelectual que provoca el solapamiento espurio de juegos de lenguaje heterogéneos.

Quisiera sugerir -que no argumentar- una tesis: las personas que se toman demasiado en serio los chistes son como los malos filósofos wittgensteinianos, majaderos que no usan las palabras en el modo en que el lenguaje tiene su tierra natal. Algunos de ellos quedan cautivos de una visión mágica -una superstición producida por ilusiones gramaticales- según la cual la mera mención del nombre (“Alka-ETA”) convoca la cosa (????), sin atender a la reglas peculiares que permiten hacer con dicha palabra un determinado movimiento dentro de un cierto juego de lenguaje, pero no en otro cualquiera. Esto se llama “confundir el significado del nombre con el portador de un nombre”. Otros, sencillamente, hacen fiesta con el lenguaje y pretenden que imaginemos -pues es dudoso que ellos mismos lo crean sinceramente- que las reglas que se aplican en el fútbol siguen siendo válidas para el futbolín.

Esto no significa necesariamente que en el juego de contar chistes todo esté permitido. El futbolín no es el fútbol, pero no por ello deja de tener sus propias reglas -si bien, son mucho más vagas, flexibles y sujetas a re-interpretación en virtud de, por ejemplo, quiénes sean los jugadores-. Cuando Ricky Gervais se defiende de sus críticos aduciendo que el derecho a sentirse ofendido no le da a uno la razón, solo está expresando una media verdad. La otra cara de la moneda está, paradójicamente, en que si bien eso es cierto, no lo es menos que el derecho a contar un chiste tampoco incluye privilegios de ningún tipo. En una guerra de derechos, no hay criterio racional que permita dirimir tales conflictos, salvo, quizás, el humus cultural, social y político del que se nutran los principios legales que llevan a amparar unos derechos frente a otros o a proteger celosamente determinadas libertades. En cualquier caso, como advierte lúcidamente Žižek, el ironista liberal siempre quedará preso de sus propias contradicciones, pues no es siquiera capaz de percibir que la legitimidad que desearía negar a su oponente bebe de la misma fuente que la que reclama para sí, sustrayéndose de ese modo a cualquier justificación moral. Es por eso por lo que las excusas de gente como Zapata o Strawberry suenan tan dolorosamente patéticas: reclaman su derecho a decir sandeces, a un tiempo que reconocen tácitamente el derecho de las víctimas a sentirse ofendidas. Los chistes se merecen algo mejor que eso.

En el Filebo de Platón, Sócrates define la naturaleza de lo ridículo como el reverso tenebroso de la inscripción de Delfos. Para Sócrates la risa no solo nos impide conocernos a nosotros mismos, sino que parece invitar a cierto escapismo que, en consecuencia, nos va haciendo más y más refractarios ante la posibilidad de aspirar a una vida lograda. Sócrates no solo se equivoca, sino que ignora el papel transformador de la risa una vez que entendemos que en el chiste, nunca somos propiamente sujeto, sino esencialmente el objeto del mismo.Deberíamos, pues, dejar de prestar tanta atención al emisor de los chistes y focalizar nuestra atención en nuestra actitud como oyentes. Lo que importa no es tanto quién los compone y los cuenta -como se ha visto, el bromista infinito siempre es, en última instancia, Dios-, sino lo que hacemos con ellos una vez los hemos escuchado. Como dice Wittgenstein en uno de sus aforismos: “si los hombres no hicieran a veces tonterías no sucedería en general nada sensato”. En el chiste, el Otro –lo feo, lo risible, el de Lepe, la rubia tonta, Mahoma, el judío, Carrero Blanco, el gitano, el cura y, sobre todo, la ETA- soy yo. Ahora hagamos algo sensato con ello.

Ahora sí, FIN.

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[1]N. Malcom, Ludwig Wittgenstein: A Memoir, New York: Oxford University Press, 1984, pp. 27-8.

[2] Este es, por otra parte, un arquetipo muy socorrido en la historia de la literatura, que aparece incluso en el Philogelos –la más antigua de las recopilaciones de chistes que se conservan desde la Antigüedad- bajo el nombre de scholastikos, el “cara-huevo” que mucho piensa y nada hace.

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Ignacio Redondo

1 comment

  1. Iñaki 27 Febrero, 2017 at 14:01 Responder

    Una vez oí que las personas no tenemos miedo a las alturas, sino que lo nos aterra cuando nos asomamos a un precipicio es que, durante ese instante, tenemos la posibilidad de saltar al vacío y eso, la idea de que esté en nuestra propia mano poner fin a todo, es lo que causa el pánico. El miedo somos nosotros, no el agujero. No sé por qué, pero me he acordado de esto al leer el final de tu (flipante) artículo.

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