Humanidades

Caminamos todos sobre el alambre

Llevo meses con ‘El funambulista’ dentro de mí. Desde que lo leí son pocos los días en los que no haya pensado en él, estoy infectada por este enamoramiento. Quizás quería decir afectada. O quizás no. Todo enamoramiento es un poco tóxico. Ataca a cada célula minúscula y minusválida y la altera. Genet ha alterado mi cuerpo entero.

Este libro ha encendido hogueras dentro de mí, incendios que me acompañan y que a veces se reproducen, unos provocan otros, una cadena en llamas.

Apenas 50 páginas, de las cuales el texto de Jean Genet ocupa escasamente 25. Antes hay un prólogo de Miguel Morey que es una obra de arte. Yo, que me salto los prólogos tantas veces, me quedo espantada de admiración cada vez que leo esas páginas que han estado a punto de pararme en la escritura de este artículo, porque él ya había puesto todo el exceso de belleza y de comprensión certera del libro de Genet, casi sin mencionarlo.

Pero escribo con la ilusión de generar mi propio amor. No mi amor propio, que es otra cosa. Mi propia declaración de amor.

Decía que este libro explota en tus manos con poco más de 50 páginas. Tendré que explicar por qué.

Jean Genet. Sabréis o leeréis que fue muchas cosas. Para mí es un poeta y eso resume todo. Hizo siempre poesía, a veces con una forma, otras con otra. Normalmente, simplemente con existir y con su manera de plantarse en el mundo. En el mundo y contra el mundo. Iluminó la realidad, fue el héroe resplandeciente de su propia sordidez. Abrillantar la miseria con el lenguaje. Sacar destellos de lo oscuro con la palabra. Eso es Genet. Hacer épica de uno mismo cuando no queda lugar para la épica en ninguna parte.

Y tuvo muchos amores extremos y extremadamente amó.

Conoció a Abdallah, un acróbata y malabarista de 18 años, una bella flor oscura. Y fue él quien lo animó a convertirse en funambulista, quien le pagó a los profesores, quien quiso que sublimara esa suprema forma de arte que es la danza con la muerte sobre el alambre.

Este libro es una especie de manual de instrucciones lírico sobre ese oficio terrible y bellísimo. Es una declaración de amor. Es un ensayo sobre el arte. Una reflexión sobre la muerte. Un poema sobre ser quienes somos en completa soledad frente a los otros. Un canto a lo desaforado que es crear y vivir, a la solemnidad de mirar cara a cara el deseo y su confrontación con lo real.

Te sientes aludido. Que la literatura nos aluda siempre, eso es lo que queremos. Que nos hable a nosotros, que escarbe en nosotros, dentro, más adentro, a veces haciendo daño. El daño que nos hace mejores es la literatura.

Habla también de la herida propia. La herida de cada uno, la que habla por nosotros, la que va siempre por delante de nosotros. Y eso va unido en sangre y vida a la soledad. La soledad del artista es nuestra soledad también. Nos inventamos una imagen en soledad y queremos alcanzarla, vivimos para alcanzar esa imagen. Eso nos dice Genet también.

Nos va hechizando con este texto y nos va abriendo los ojos. Despliega su portentosa poética hasta lo más alto, hasta llegar a Abdallah, allá arriba, sobre el músculo de acero del alambre, y llega así al lector, al que revienta de amor y claridad y miedo y ansia de altura. Ansia de vida.

En ningún momento Jean Genet establece un vínculo entre el funambulista y el lector. Pero el vínculo que crea la palabra y nos desnuda está más allá de las intenciones del artista. Simplemente se produce a veces, únicas y milagrosas veces.

Tampoco diseña una metáfora en la que la vida es andar sobre el alambre. Él, que fue muy explícito siempre, pero explícito a su manera, a la manera del poeta, no necesita serlo en estas páginas. Yo, que no soy Jean, me quedo con lo que me dice sin decírmelo o diciéndome otras cosas.

Y vuelvo al principio, a este llevar días y días con el libro dentro de mí. Pensando que somos todos funambulistas, exhaustos sobre el abismo de la vida, haciendo piruetas con nuestra identidad, amenazados con la caída, con todas las caídas posibles, el zarpazo feroz del desamor, las dentelladas del cuerpo, las luchas por seguir, el dinero, la salud, la muerte. Equilibristas en el filo constante, sabiendo que no podemos pensar en la muerte cada día, sabiendo que debemos pensar en la muerte cada día.

En precario desequilibrio frente a los demás. Nosotros no tenemos público como el funambulista. Pero la mirada del otro es un espanto necesario con el que convivimos todos.

Transitar el alambre.

Este libro me ha ayudado a transitar el alambre, mi alambre.

Y quiero seguir en el filo, porque como escribe el autor, Jean Genet,esa criatura fascinante: “La tierra firme te hará trastabillar”.

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5 comments

  1. Miguel Garau 2 Marzo, 2017 at 17:01 Responder

    Interesante artículo! y muy bien escrito.
    Jean Genet, ladrón, chapero, escritor y poeta, todo un personaje. No he leído este libro, lo buscaré, pero recomiendo vivamente “Diario del ladrón” para los que quieran conocer a fondo la vida en los bajos fondos de la Barcelona de los años treinta. Ahí vivo yo ahora (aunque evidentemente ya no es lo que era), precisamente al lado de una pequeña plaza que lleva el nombre de Jean Genet (aunque dudo que el vencindario conozca las andanzas de aquel que da nombre a la plaza, más de uno se escandalizaría xD).

    • Anónimo 2 Marzo, 2017 at 22:12 Responder

      Gracias,Miguel!
      A mí también me gustó mucho tu artículo,que es interesante,necesario y bello y que,sobre todo,tiene ese principio maravilloso “Me gusta cantar”.Sólo con eso,yo ya estaba contigo hasta el final.Abrazo!

  2. Miguel Garau 4 Marzo, 2017 at 20:30 Responder

    Muchas gracias por tus palabras! A mi me encantan tus artículos, estan escritos de forma brillante. ¡Seguiremos leyéndonos!

  3. JM Lenoir 6 Marzo, 2017 at 21:23 Responder

    “Tengo el corazón en la mano, y la mano agujereada, y la mano en el saco, y el saco está cerrado, y mi corazón está atrapado.”

    Jean Genet, “Santa María de las flores” (1942)

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