Miscelánea

Gritos y susurros: Flostavrålet

Lars Erik es un estudiante universitario que vive en Flogsta, la zona residencial para estudiantes como él en Upsala, Suecia. Lleva varios meses allí. Mañana tiene un examen pero como se acercan las diez aprovecha para tomarse un descanso y fumarse un cigarrillo. Aunque es invierno, abre la ventana. Antes de que haga desaparecer la colilla en una lata vacía de cerveza, un grito desesperado llega desde lejos. A ese primer grito se suma otro. Y otro. Y luego otro. Al cabo de un minuto decenas de voces quebrantan la apacible noche sueca. Lars Erik no parece sorprendido. Se aclara la garganta, expone su cabeza a la intemperie y aúlla con toda la fuerza que le permiten sus pulmones. El silencio vuelve al poco rato. Lars Erik cierra la ventana y continúa repasando sus apuntes. El último semestre se juró que no volvería a pasarle lo mismo, sin embargo el tiempo se le ha echado encima como siempre y va a tener que quedarse estudiando hasta bien entrada la madrugada.

Después de todos estos meses Lars Erik se ha acostumbrado al grito de Flogsta, aunque la primera vez que oyó aquel alarido creciente estuvo a punto de llamar a la policía. Al día siguiente le explicaron lo que había ocurrido. Cada noche, alrededor de las diez, los estudiantes de Flogsta abren sus ventanas, salen a las terrazas o suben a las azoteas y aúllan por alguna razón que, en realidad, no está clara. El caso es que lo hacen. Generalmente es un grito fuerte y prolongado sin palabras de por medio, pero en ocasiones, como después del triunfo de Donald Trump, surge la necesidad de canalizar la angustia verbalizándola de manera más concreta. Con insultos al nuevo presidente norteamericano, por ejemplo. Hay gente que lleva muchos años viviendo en Flogsta y no recuerda un bramido igual al de aquella fecha. Ésa fue la última ocasión en que el Flogstavrålet se viralizó. No es la primera. Antes de aquello, tras haber ido desvaneciéndose poco a poco a lo largo de los noventa, volvió a rugir con fuerza en 2006 cuando dos estudiantes intentaron batir un récord mundial. No consiguieron rebasar los 128 decibelios que se alcanzaron en Wembley durante una sesión de grito colectivo, pero obtuvieron la muy digna cifra de 106. Una taladradora industrial produce unos 100 decibelios, así que no está mal.

Nadie sabe cómo empezó. Hay al menos media docena de teorías y se multiplican al mezclarse unas con otras. Un estudiante se arrojó de uno de los edificios a finales de los setenta y el grito Flogsta resuena todas las noches a modo de homenaje. Un estudiante se arrojó de uno de los edificios a finales de los setenta y antes de estamparse contra el suelo profirió un alarido desgarrador que hoy se recuerda a modo de homenaje con el grito Flogsta. Un estudiante de intercambio, superado por las obligaciones académicas y las presiones sociales vinculadas al ambiente universitario, abrió una noche su ventana y transformó la ansiedad en un chillido descorazonador. Se sintió tan liberado que decidió convertirlo en hábito diario, y el resto de vecinos se apuntaron al ritual. Ese mismo estudiante empezó haciéndolo a medianoche, pero la policía le amonestó recordándole lo restrictivas que son las leyes suecas en este tipo de cuestiones, por lo que adelantó su ejercicio de escapismo mental un par de horas.

The Local contaba que en 2008 un bloguero reivindicó la autoría del grito como un divertimento ideado porél y un compañero de clase a finales de los ochenta. Y el historiador y archivero de la Universidad de Lund Fredrik Tersmeden está convencido de que el origen hay que situarlo en el complejo universitario de la institución en la que él trabaja (desplazándose más tarde a otros emplazamientos como Lappkärrsberget en Estocolmo o Flogsta en Upsala), probablemente después de que un grupo de alumnos viera un documental sobre terapia primal y llevara a la práctica lo que se exponía en él. La terapia primal es un modo de psicoterapia creado por Arthur Janov que se basa en el rescate de los traumas reprimidos y su sublimación a través de determinadas conductas. Tuvo cierto calado en los setenta a raíz del libro fundacional de Janov The Primal Scream. Curt Smith y Roland Orzabal de Tears for Fears y John Lennon (profundamente decepcionado como estaba en aquella época con las enseñanzas del Maharishi Mahesh Yogui) son sólo algunas de las figuras públicas que se dejaron tentar por esta corriente. Con Bobby Gillespie nunca se sabe. En cualquier caso, los campus de universidades estadounidenses como la de Michigan llevan practicando el midnightscream durante los períodos de exámenes finales desde hace décadas, así que nadie puede atestiguar con certeza de qué manera dio comienzo todo.

En 2013 Johan Palmgren estrenó un corto documental en el que retrataba los entresijos del Flogstavrålet. Ése fue también el título de la cinta. En él, varios residentes de Flogsta cuentan a la cámara cómo transcurre su vida. Una, aparentemente, estudiante de bellas artes recuerda el día en que el chico de la habitación de al lado apareció muerto después de quitarse la vida. Desde entonces no se encuentra cómoda en su cuarto. Ni cambiando la disposición de los muebles. Otro alumno intenta sacar adelante una carrera lidiando con la música de la orquesta de jubilados que ensaya en el piso de abajo. Varias chicas sufren el constante robo de comida de un ladrón desconocido. Un inquilino de larga duración tratasin mucho éxito de que los recién llegados no empleen utensilios metálicos cuando cocinan con las sartenes porque las estropean. La joven que está enamorada de su mejor amigo no encuentra la manera de decírselo. La tarde en que fue a hacerlo él estaba demasiado ocupado. Ahora no sabe si dejar las cosas como están o contárselo. Al final de la jornada todos abren la ventana y gritan. Y cuando ellos gritan, gritan cientos más. Ninguno tiene ni idea de por qué. El caso es que lo hacen. Después se sienten un poco mejor. Eso es motivo más que suficiente.

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6 comments

  1. Isis 10 Marzo, 2017 at 09:28 Responder

    Qué curioso. Dan ganas de asomarse a la ventana y echar un grito. Aunque eso de hacerlo en comunidad es mucho más terapéutico. Me ha gustado mucho el artículo, enhorabuena, buen estreno!

  2. Javier 12 Marzo, 2017 at 13:29 Responder

    Dan ganas de imitarlo, pero resultaría una copia chabacana. A veces, un grito liberador en el monte, a solas, es suficiente…

  3. Di Vagando 13 Marzo, 2017 at 18:48 Responder

    Hola Miguel y Utepilsantes,

    Hay tantas modas nórdicas!!! Que si el Hygge, que si el Lagom… vamos q hasta nuestra resvista se llama en noruego, con uno de estos conceptos!

    Yo solo os cuento q, tras habaer viajado durnate 3 semanas por Escandinavia es creo el único sitio donde no hemos “conocido” gente… quiero decir, en casi cualquier otro país, estás en un café y acabas hablando con los de al lado. En estos países tan limpios, tan pulcros y tan políticamente correctos… nada, rien, cero. Así q tanta corrección la sacan por ahí? Ah, no, q en Dinamarca según me cuenta una amiga médica hay gente q abiertamente le han dicho q quieren un médico danés… tristemente parece q hacia ahí es donde vamos todos…

    di, desde la isla, donde están a punto de activar el famoso artículo 50…

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