Historia

Le llamaban La Muerte Blanca

Mido 1.59. Aún así, en el patio del instituto me gustaba decir que medía 1.60 para ganar algún centímetro de credibilidad. Ya ven que no soy precisamente alto. Supongo que por ello uno de mis hobbies favoritos ha sido siempre conocer las grandes gestas protagonizadas por hombres y mujeres de baja estatura. Me gustaba coleccionar referentes que, inicialmente, tenían que ver con mi entorno más cercano. En mi adolescencia por ejemplo, allá por los años noventa, me volví un loco del baloncesto. En este caso era obvio quienes eran mis ídolos: Chicho Terremoto y Muggsy Bogues. Chicho era tan sólo un dibujo animado, pero Bogues era real, muy real. A finales de los noventa era un reconocido jugador de baloncesto de la NBA. Medía 1.60, y es el jugador más bajo de la historia que ha triunfado en la élite del baloncesto mundial.

Con el paso de los años mi obstinación por conocer los logros de aquellos que poseían mi misma estatura continuó e incluso se acrecentó. Gracias a mis estudios como historiador pude ampliar el marco cronológico de mis averiguaciones. Así me topé hace algunos años con Simo Häyhä, toda una leyenda en su Finlandia natal.

Häyhä medía tan sólo 1.52, pero sus enemigos temblaban con sólo oír pronunciar su nombre. Le llamaban “La Muerte Blanca” y se convirtió en el francotirador más letal en la historia de la II Guerra Mundial. Pueden respirar tranquilos, nunca me he planteado emularle, sin embargo conocer a Häyhä me permitió acercarme a una de las guerras más singulares y extraordinarias jamás libradas, a pesar de que, aún hoy, continua siendo un episodio prácticamente desconocido para el gran público. Se trata de la llamada “Guerra de invierno”, que enfrentó a la pequeña Finlandia con la gigantesca y todopoderosa Unión Soviética. Aunque esta guerra se produjo en el marco de las operaciones militares de la II Guerra Mundial se considera una guerra independiente de la misma. Transcurrió entre noviembre de 1939 y marzo de 1940, duró exactamente 105 días y se libró a 40 grados bajo cero.

En virtud del “Pacto de no Agresión” alcanzado con Hitler en agosto de 1939 la URSS comenzó a expandirse rápidamente por la Europa Oriental, mientras Hitler lo hacía por territorio polaco. Finlandia (además de Estonia, Letonia o Lituania) quedaban bajo el área de influencia soviética. Rusia anhelaba conquistar Finlandia desde tiempos inmemoriales.  Así pues Stalin envió tanques, aviones y un contingente de 450.000 hombres para su conquista. Los finlandeses se hallaron por sorpresa con el enemigo a las puertas y tan sólo tuvieron tiempo para movilizar a 180.000 voluntarios. Tomar el control del país debía ser un paseo militar para las experimentadas y numerosas fuerzas soviéticas. Sin embargo algo falló. El gigante ruso no contó con la astucia de la pequeña Finlandia.

Los finlandeses comprendieron que en un enfrentamiento a campo abierto con las fuerzas rusas no tenían ninguna posibilidad de sobrevivir. Por ello evitaron a toda costa la guerra abierta y la población de la frontera se replegó al interior del país. Los fineses decidieron emplear tácticas de guerrilla, realizando emboscadas que iban mermando moral y numéricamente al ejército soviético en su avance.  El pequeño ejército finlandés no poseía tanques y tan sólo disponía de unos pocos aviones, sin embargo tenía un arma mucho más útil y manejable en aquellas circunstancias: los esquís.

Los finlandeses eran considerados los mejores esquiadores de Europa. Gracias a ello pequeños grupos de finlandeses, conocedores del terreno y bien camuflados en trajes blancos, podían moverse con rapidez y emboscar a los soldados soviéticos.

Aún así, ¿cómo detener el avance de los más de 1000 tanques con los que avanzaba el ejército ruso? La pequeña Finlandia tuvo que poner en marcha medidas creativas, y de ahí nació una conocida (todavía hoy) bomba incendiaria de fabricación casera, que era introducida en el motor de los tanques rusos por los ágiles esquiadores finlandeses. En los primeros compases de la guerra, durante una entrevista, el ministro de Asuntos Exteriores soviético apellidado Molotov, expuso que lo que se estaba lanzando contra Finlandia no era una ofensiva militar, sino que se les estaba enviando comida. Los finlandeses respondieron con sorna a estas declaraciones: Si Molotov lleva la comida, nosotros pondremos los cócteles”. Así, ese pequeño artefacto explosivo de fabricación artesanal que estaba sirviendo para inutilizar centenares de tanques rusos, pasó a ser bautizado como el “cóctel Molotov” en su honor.

Un último elemento que sería determinante en la resistencia finlandesa sería el cuerpo de francotiradores de élite (también esquiadores) de que disponía el ejército finlandés. De aquí emerge la leyenda de la “Muerte Blanca” con sus 152 cm de estatura.

Uniformados con pesadas botas y vistosos uniformes, los soldados soviéticos se convertían en un blanco lento y visible a kilómetros de distancia en la inhóspita  frontera finlandesa. Con la vista fija en el objetivo sin apenas moverse durante horas y el pulso firme Häyhä aguardaba a las tropas rusas parapetado en un ajustado agujero cavado en la nieve. Era capaz de permanecer impertérrito durante días con temperaturas de 40 grados bajo cero a la espera del enemigo. Sin embargo la proeza de Häyhä aumenta cuando descubrimos que no formaba parte de ese cuerpo de élite finlandés, sino que se trataba de un simple granjero al que le gustaba practicar la caza antes de la guerra, en su tiempo libre. A diferencia de sus compatriotas no utilizaba la mira telescópica pues, el reflejo del sol en la lente, podía descubrir su posición. Simo Häyhä fue capaz de abatir en menos de 100 días a la friolera de 537 soldados rusos. Lo que le convirtió, como ya se ha mencionado, en el francotirador más letal en la historia de la II Guerra Mundial.

Sus números aún podrían haberse visto incrementados pero a principios de marzo de 1940 un explosivo le alcanzó en la cara, entrando en coma. Aunque se recuperó y tuvo una larga y apacible vida como granjero tras la guerra, los rastros del ataque padecido fueron visibles en su desfigurado rostro durante el resto de sus días.

El resultado de la guerra no pudo ser más desastroso para la Unión Soviética. Lo que se había planteado inicialmente como un paseo militar acabó siendo la tumba de 270.000 soldados rusos, por tan solo 25.000 finlandeses. Sólo en la batalla de Suomussalmi, en la que varias divisiones soviéticas fueron cercadas por la guerrilla finlandesa, perecieron 23.000 soldados soviéticos, por tan sólo 800 bajas finlandesas. En la guerra aérea no le fue mejor a Stalin. A pesar de la abismal desproporción de fuerzas los cazas filandeses, ayudados por la destreza y la puntería de las baterías antiaéreas terrestres, derribaron en el transcurso de la guerra 684 aviones rusos, mientras que el ejército finlandés perdió sólo 62 aviones.

Todo esto convenció a Stalin de la necesidad de firmar la paz. Aunque con ella Finlandia perdió un 10% de su territorio (concretamente el istmo de Karelia) logró mantener su plena soberanía. La integridad territorial del país había quedado prácticamente intacta. Su resistencia a la URSS le permitió alejarse, en las décadas posteriores, del control soviético, a diferencia de los países de su entorno, que se constituyeron en repúblicas socialistas. Pero sobretodo el desarrollo de los acontecimientos en la “Guerra de Invierno” ruso-finlandesa sirvió para hacer germinar en la mente de Hitler (aquel austriaco tampoco excesivamente alto) la idea de que se podía atacar a la URSS y derrotarla. Así se propondría hacerlo él mismo poco después, aunque con resultados desastrosos para Alemania, diametralmente opuestos a los conseguidos por los finlandeses.

La guerra entre Finlandia y la URSS tuvo una segunda parte pocos meses después, que se conoce como la “Guerra de continuación” pero eso es ya otra historia que deberá ser contada en otra ocasión. En definitiva hoy, mi único objetivo, era advertirles de que no menosprecien a los países pequeños ni a las personas de baja estatura, porque la obstinación; la dignidad; la rebeldía o el valor, no se miden en centímetros.

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9 comments

  1. Eduardo Anemaro 15 marzo, 2017 at 15:46 Responder

    Me ha venido a la mente algo que leí una vez, en un libro de cuyo título no consigo acordarme:

    – Hasta el más pequeño de los hobbits puede cambiar el curso de la historia de una forma que la Gente Grande jamás pudo preveer.

    Gran artículo, Miguel.

  2. Inma 15 marzo, 2017 at 21:15 Responder

    Muy buen artículo Miguel. Los hermanos nos estáis dando muy buenos ratos. Es una gozada leeros y dais para comentarios muy sabrosos.¡ Oye y que además te conozco en “persona personalmente”! me da mucha alegría. ¡Anda que la de historias que debes tener ahí en la recámara para contarnos!
    Un saludo y a ver si te caes por aquí.

  3. Isis 16 marzo, 2017 at 09:03 Responder

    Vaya texto Miguelin… qué bien escrbes querido amigo. Ya puedes creerte ese centímetro de más, y los que quieras, porque eres ENORME!

  4. Xisco 16 marzo, 2017 at 18:28 Responder

    Buenísimo artículo, muy interesante!

    Gran labor la que hacéis en la revista! Grandes artículos y grandes colaboradores!

    Enhorabuena!!

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