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LA ETAPA DE LES ARCS, O EL DÍA EN QUE NOS HICIMOS MAYORES

Es sábado y tengo que escribir un artículo sobre ciclismo. Llueve en mi ciudad y quizás por esto me ha venido a la mente la etapa de Les Arcs. La maldita etapa de Les Arcs. O el día en que despertamos de un sueño.

En vísperas de que arrancara el Tour de 1996 muchos nos las prometíamos muy felices. Indurain había arrasado literalmente en las carreras previas al Tour, con victorias – y demostraciones – en Vuelta a Asturias, Bicicleta Vasca y Dauphiné, entre otras. Parecía llegar más en forma que nunca a la prueba francesa, y todo apuntaba a que lograría el ansiado sexto Tour. Había, eso sí, quien decía que llegaba menos fino que otros años, en cuanto a peso corporal. Al que decía esto simplemente se le hacía callar, o se le decía aquello de que “en la primera semana de carrera acabará de ponerse a tono”.

Aquel Tour arrancó con una etapa prólogo en la ciudad de Hertogenbosch, en Holanda. Indurain salió el último en la crono, lugar de honor, pues había ganado la edición anterior. Aún recuerdo la imagen: Indurain en la rampa de salida enfundado en el buzo amarillo de contrarreloj y con aquel casco Rudy Project que parecía traído del futuro. Su imagen titilaba debido a los flashes de los innumerables fotógrafos apostados junto a la salida, que querían recoger este momento histórico. El vigente campeón tomaba la salida en el que podía ser su sexto Tour. Ganar seis Tours, un hito jamás logrado por nadie.

La victoria en el prólogo fue para el suizo Alex Zülle, de la ONCE. Indurain hizo una crono discreta, aunque nadie le reprochó nada, pues como llovía, todo el mundo estuvo de acuerdo en que no era conveniente arriesgar lo más mínimo. Ya habría tiempo más adelante de recuperar terreno, pensamos todos.

Aquella primera semana de carrera hizo frío y les llovió a los corredores sin compasión. Los agoreros decían que aquello no podía ser bueno para Indurain, pues como todo el mundo sabe el navarro funcionaba mejor en los días de mucho calor. Personalmente, recuerdo aquella primera semana de carrera como aburridísima. Nada trascendental pasó, al margen de las consabidas victorias de los sprinters y alguna montonera en la que no se vio envuelto ningún favorito.

Y por fin llegó el día. La primera de etapa de montaña de aquel Tour. Con final en Les Arcs, en los Alpes franceses.

Se esperaba mucho de esta etapa. En el Tour anterior, y en el anterior a éste, Indurain había reventado la carrera precisamente en la primera etapa de montaña. En el 95 subiendo a La Plagne; y en el 94 a Hautacam. La táctica del bueno de Miguel: muy sencilla. Ponerse el primero y tirar hasta quedarse solo. Como dijo una vez Eddie Merckx, lo increíble de Indurain no era que barriera en las cronos; lo increíble era que subiera como lo hacía con sus ochenta kilos de peso. Eso era lo increíble.

Volvamos a la etapa de Les Arcs. Ese día, cómo no, llovía a mares. Un día de perros. Recuerdo a los corredores con chubasqueros, ropa de invierno, guantes de lana, manguitos… algo un tanto insólito en el Tour, pues al ser en julio, casi siempre hace buen tiempo. Sin embargo, las sensaciones eran buenas. El equipo Banesto comandaba la carrera y a su jefe de filas se le veía rodar muy fácil, con esa planta imponente que él tenía encima de la bici, y que daba gusto verlo. Se subieron varios puertos y finalmente se llegó a la base de Les Arcs con los favoritos agrupados.

Todo el mundo esperaba el zarpazo de Indurain.

El zarpazo que nunca llegó.

Se produjeron algunos ataques y el grupo de los favoritos se estiró hasta el punto de que los corredores se pusieron en fila de a uno.

Lo recuerdo como si fuera ayer. La realización francesa nos mostró una toma aérea del grupo de cabeza y de pronto centró su atención en un corredor que se estaba cortando. Confieso que me costó darme cuenta de lo que sucedía. No podía ser cierto. El corredor que se estaba descolgando era Miguel Indurain.

Fue como un shock. La televisión francesa, tan incrédula como el resto, puso de inmediato todas sus cámaras con Indurain y se olvidó por completo del resto de corredores, y eso que por delante iba un francés, Luc Leblanc, que a la postre ganaría la etapa. La televisión francesa no le hizo ni el más mínimo caso. La noticia del día, y del lustro, estaba por detrás.

La cámara de la moto nos mostró a un Indurain desfondado. Una pájara en toda regla. El de Villava hacía gestos insistentes pidiendo agua, pues iba deshidratado. En ese momento el coche de la Gewiss, que pasaba a su lado, frenó, y un auxiliar le tendió un botellín al navarro en un gesto deportivo que nos conmovió a todos. A mí me recordó a cuando Jesucristo le da de beber a Ben Hur en la vieja película.

La verdad es que fue duro. Nunca habíamos visto así a nuestro campeón. Al menos en el Tour. Hasta que llegó a la meta fue un auténtico vía crucis. Llego vacío, y con bastantes minutos perdidos con sus rivales. Aquel día lo supimos: ese año no iba a ganar el Tour.

Mucho se ha hablado de las causas del desfallecimiento de Indurain. La opinión más extendida es que la primera semana de carrera, con frío y agua, hizo mella en su sensible musculatura. También se dijo que Indurain no se había alimentado bien durante la etapa. En fin, muchas teorías.

También se habló mucho de la falta de gregarios del Banesto en aquel momento crítico. Ni un solo compañero tuvo a su lado Indurain en la subida a Les Arcs. Alex Zülle, de la ONCE, también pasó su particular crisis aquel día, pero un soberbio Aitor Garmendia le hizo la subida más llevadera y finalmente la pérdida del suizo fue bastante menor que la de Miguel.

Varias horas después de finalizar la etapa, un Indurain fatigado después de atender a los medios llegaba al hotel donde se concentraba el equipo Banesto aquella noche. El pasillo entre el hall y el comedor estaba atestado de gente, entre periodistas y curiosos. Indurain atendió a todos y cada uno ellos, con la sencillez que le caracterizaba. Al final del pasillo, el último de todos, estaba un hombre francés, muy mayor, acompañado de su nieto, esperando pacientemente su turno. Cuentan que cuando Indurain pasó a su lado el anciano le agarró de la manga y, con los ojos arrasados en lágrimas, le dijo: “Toujours vous serait le plus grand”.

Siempre serás el más grande.

Poco más se puede decir.

Durante cinco gloriosos veranos habíamos vivido en una especie de éxtasis deportivo. Y el día de Les Arcs despertamos de aquel sueño. Nos hicimos mayores.

Siento haberles recordado este día.

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6 comments

  1. Isis 29 marzo, 2017 at 09:25 Responder

    Muy buen artículo Edu! Me has transportado a ese día, en el que aprendí lo que significaba la palabra “pájara” . Recuerdo a mi padre pegado al sofá sin quitar la vista de la tele diciendo: le ha dado una pájara, eso es una pájara! Y silencio, mucho silencio después, porque no se podía decir nada más. Grande Miguelón!

  2. Iñaki 29 marzo, 2017 at 11:01 Responder

    Para los nacidos en los 80, todos los recuerdos de ciclismo estaban asociados a un Indurain campeón. Desde el 91 al 95 pasaron 5 años que para la vida de un chaval de 10 años son una auténtica barbaridad, y aquellos veranos siempre iban asociados al maillot amarillo de Miguel. Como bien dices, Edu, ese día nos caímos del guindo. No nos podíamos creer que aquéllo podía pasar. Según van pasando los años, asumes la derrota y convives con ella con normalidad, pero de pequeño aquello fue un auténtico bajonazo. Me he sentido muy identificado con tu artículo!!

  3. Miguel 29 marzo, 2017 at 11:47 Responder

    ¡Buen artículo! Esto me ha hecho darme cuenta de cuán importante fue aquello, porque no era consciente de que yo también lo tenía grabado en la retina, a pesar de no ser un gran aficionado al ciclismo.

    Me alegro de la temática escogida señor Anemaro, no sé si los ex-rozner de facebook habrán tenido algo que ver, en todo caso es un placer leerle, como siempre.

    También tengo que decir que con un buen filetazo de los que le daban a Contador esto no le habría pasado xD

    Esto último me hace abrir un debate, si alguien quiere recoger el guante será ameno, si preferís mantener pura la aureola de Induraín también me parece bien, no quisiera ofender a nadie . La pregunta es (visto lo visto en los últimos años en el ciclismo) ¿Induráin se dopaba? yo imagino que sí, pero ni más ni menos que el resto, no es que le quite mérito a sus victorias.

  4. Aritz 29 marzo, 2017 at 12:24 Responder

    Esta etapa (así como el día que anunció su retirada), la final de copa de Osasuna, la separación de los Beatles (no presente un servidor en aquella época), son pequeños traumas que nunca superaré. El sexto tour consecutivo, título oficial en las vitrinas de los rojillos, otra obra maestra de los de Liverpool…Se quedarán en el cajón de, como cantaban Love of lesbian, los días no vividos…

    Me ha gustado leerte Edu, aunque el tema no haya sido de mi agrado! 😉

  5. Eduardo Anemaro 29 marzo, 2017 at 13:06 Responder

    Chicos, gracias por vuestras palabras.

    Respecto a la temática. Confieso que me planteé darles cerita de nuevo a los rozners, pero luego pensé que con el artículo anterior ya tuvieron bastante jejeje… Aunque no descarto volver a la carga en el futuro. Y volver a hablar sobre facebook y su fauna.
    La cuestión es que Iñaki me planteó la idea de escribir sobre ciclismo y me pareció bien. He disfrutado escribiendo el artículo y al final creo que es de lo se trata.
    Un saludo a todos, rozner incluídos 😉

  6. Inma 29 marzo, 2017 at 22:00 Responder

    Edu, buen artículo. Todos recordamos aquel triste día. Es de esas cosas que todos recordamos qué estábamos haciendo cuando la radio decía: ” Se descuelga, Miguel Indurain se está quedando…”. Yo iba en el bus camino de casa y no me lo creía. En fin, fue bonito mientras duró.
    Abrazo

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