Filosofía

Habrá dragones: hacia una cartografía del Valle Inquietante (Parte I)

¿Quieres que la imagen se parezca a su objeto? En ese caso, tu imagen mental es una idea verdadera cuando, de manera semejante a una fotografía, se parece a su objeto; y es una representación falsa de su objeto si, como una imagen visual defectuosa, es vaga, borrosa y, con respecto a su propósito representativo, consecuentemente engañosa. ¿O tal vez quieres que tu idea […] no se parezca a su objeto, sino que tenga una suerte de correspondencia completamente diferente, miembro a miembro, parte por parte, punto por punto, relación por relación, con su objeto? […] Entonces, la idea sería falsa en caso de que se pareciera demasiado a su objeto.

Josiah Royce

-Así que, ¿exactamente qué es lo que haces aquí?

-Hago que los robots parezcan más humanos.

-¿No era más fácil decir eso?

-Realmente, NO.

Yo, robot

 

¿Qué hace que un ser humano parezca un ser humano? ¿Qué hace que usted se parezca a sí mismo? Creemos que el mapa no es el territorio y que somos lo que somos con independencia de que lo parezcamos o no. Sin embargo, de la misma manera que, para ser útil, todo mapa necesita de algún mecanismo de auto-representación (“usted está AQUÍ”), podría ser verdaderamente complicado llegar a identificarnos si careciéramos de la posibilidad de representarnos a nosotros mismos [1].

Hagamos un experimento mental. Imagine el lector [2] una suerte de fonógrafo capaz de captar y reproducir todas y cada una de las vibraciones sonoras que, pese a haber quedado largamente perdidas en el pasado remoto, continúan propagándose en el espacio como si de un infinitesimal registro arqueológico se tratase [3]. Imagine, asimismo, que por alguna razón que ignoramos dicho prodigio tecnológico fuera capaz de revertir el eco de su voz del futuro -manteniendo, por ejemplo, una conversación que tendrá lugar dentro de 20 años con una persona a la que todavía no conoce- y hacérselo llegar en forma de enigmático audio de WhatsApp en el presente. ¿Sería capaz de reconocerse a sí mismo?

Ciertamente, el sonido le resultaría extrañamente familiar, como todas aquellas ocasiones en las que, al escucharse en una grabación, su voz le parece a un tiempo reconocible y abyecta. Desprovista de contexto y, sobre todo, privada del anclaje espacio-temporal que ejerce el cuerpo, la voz genera fantasmas [4]. Ahora bien, para poder recuperar -y, por tanto, identificar- el Yo que se esconde detrás del sonido, usted se sirve de elementos indexicales (el “aquí y ahora”, con respecto al cual puede seleccionar un “entonces” que permita fijar la referencia) y simbólicos (el contenido de lo que usted recuerda, siquiera vagamente, que dijo en aquella ocasión), sin los cuales, la mera semejanza cualitativa resulta ciega (¿o sorda?) a efectos de identificación [5]. Así pues, si carece de asidero espacio-temporal y, por ende, es incapaz de recordar lo que todavía no ha dicho, ¿cómo podría saber que es USTED y no OTRO quien habla? [6] Después de todo, todas las voces se parecen a otras voces –lo cual no quiere decir, como veremos, que todas las voces se parezcan entre sí-.

La voz desencarnada no es el único fenómeno capaz de generar semejantecortocircuito mental [7]. Todos tenemos en nuestro haber fotografías en las que no acabamos de reconocernos completamente -si es que acaso puede darse tal cosa-, por no hablar de aquellas en las que no lo hacemos en modo alguno. La secreta interrogación que nos hacemos en presencia de estas imágenes “¿yo soy esa persona?”- no es meramente retórica, pero tampoco espera respuesta explícita: si un hipotético interlocutor contestara afirmativamente, la tautología resultante sería vacuamente verdadera y, por tanto, innecesaria. Una respuesta negativa no solo nos daría un inquietante baño de realidad: “ese gordo no eres tú”, sino que sencillamente nos explotaría la cabeza: “tú eres Otro.

De algún modo, toda fotografía fabrica un imposible metafísico que debe restituirse con la Muerte [8]. Con su capacidad para atrapar el tiempo, la imagen fotográfica genera un duplicado -un Doble, que es, además, infinitamente repetible- de un acontecimiento absoluta e irreductiblemente singular. Como escribió Roland Barthes, “la fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente” [9]. Podemos engañarnos tanto como queramos y decirnos a nosotros mismos que la foto no se nos parece, pero la cruda REALIDAD es que dicha imagen fue producida en tales circunstancias de contigüidad -más aún, de compulsión- física que es imposible que no sea una correspondencia punto por punto de su objeto. De igual manera, esa instantánea ingrata que le tomaron hace años en el Dragon Khan parece poner en un brete el principio de identidad. La batalla entre el referente y su duplicado solo puede saldarse con la victoria definitiva de uno sobre otro. En efecto, usted puede destruir la foto; pero si no lo hace, el paso del tiempo -que, no lo olvide, le está matando lentamente- ya habrá elegido un ganador.

***

Sean dos conjuntos, A y H, tales que A = {x ⁄ x es un aparato} y H = {x  x es un ser humano}. Sabemos asignar sin problemas elementos tanto a A como a H, de tal suerte que, por ejemplo, las tostadoras, las radios, las lamparitas de mesa y las mantas eléctricas pertenecen al primer conjunto, mientras que individuos tan dispares como la madre Teresa de Calcuta, Cañita Brava y usted mismo pertenecen al segundo. Consideremos ahora el mundo posible de La tostadora valiente (1987). En el universo creado por Thomas M. Disch y llevado a la pantalla por Disney, los aparatos tienen vida propia, pero de ordinario se ocultan a la vista de los humanos, excepto en presencia de su amo, Rob, quien solía jugar con ellos siendo niño.

En cierto sentido, La tostadora valiente es más interesante que, por ejemplo, Toy Story (1995) -el referente obvio, con el cual comparte más de una peculiaridad-, pues allí donde el clásico de John Lasseter apostaba por la plausibilidad narrativa y la coherenciacon sus propias normas, la adaptación del libro de Disch reflejaba de manera naif, pero mucho más icónica, la clave para comprender la empatía delos niños con los objetos cotidianos [10]. En Toy Story los juguetes guardan celosamente en secreto su universo en miniatura, que siempre queda al amparo de la visión de los humanos -sean éstos niños o adultos-. Cuando Andy juega con  Woody o Buzz, el espectador sabe en todo momento que los juguetes fingen ser objetos inertes, de manera que la relación que se establece entre ellos, aunque maravillosamente emotiva -quien no haya llorado con el final de Toy Story 3 (2010) merece MORIR SOLO- no deja de ser imaginaria. En La tostadora valiente, sin embargo, los aparatos se muestran como seres vivos (a los ojos de Rob) o no (a los ojos del resto) en función de una serie de atributos típicamente humanos: caritas sonrientes, ojos saltones, cejas [11], etc. En última instancia, Rob puede empatizar e identificarse con una tostadora porque, al igual que él, tiene ROSTRO [12].

La tostadora valiente y sus amiguitos pueblan un mapa sin territorio: dado que los conjuntos A y H son disjuntos, la intersección AH = ∅.Sin embargo, y aunque sabemos que los conjuntos son entidades extensionales -esto es, colecciones de objetos cuya identidad depende única y exclusivamente de los elementos que los constituyen, no de las propiedades o atributos que los caracterizan- la tostadora valiente confirma con sus ojitos, sus cejas y su sonrisa la existenciade una clase borrosa: a saber, una tierra de nadie en la que, pese a nuestra capacidad para detectar con nitidez una gran cantidad deobjetos que, o bien pertenecenclaramente a A, o bien pertenecen claramente a H, hay casos limítrofes para los cuales no sabríamos decir si xA o x∉A, ni si x∈H o x∉H [13].

El umbral difuso en el que habita la tostadora valiente nos lleva a pensar en la alopecia de Homer Simpson. Sabemos que Homer es calvo, pero no completamente calvo: tres líneas de pelo le separan de la calva perfecta. Sabemos, asimismo, que hubo un tiempo en el que una frondosa mata de cabello castaño -de unos, pongamos, 100.000 pelos- coronaba la testa del barón de la birra. Definamos ahora la propiedad de ser calvo como Cx. Podemos, pues, decir que Homer (h) se encuentra entre dos extremos (separados, como también sabemos, por tres embarazos):h0= Homer tiene 0 pelos y h100.000 = Homer tiene 100.000 pelos. Con esto en mente, podemos esbozar el siguiente argumento:

  1. Ch0
  2. Si Ch0, entonces Ch1
  3. Si Ch1, entonces Ch2
  4. Si Ch2, entonces Ch3

(y, en general, para todo n, si Chn, entonces Chn+1)

Luego, Ch100.000

Es decir, partiendo de premisas verdaderas (Homer tiene 0 pelos = Homer es calvo) llegamos a la inquietante conclusión de que si Homer tiene 100.000 pelos sigue siendo calvo, lo cual es ABSURDO.

El lector más gafapastoso habrá detectado ya que nos encontramos ante una versión de la paradoja sorites –¡bien por Key & Peele en esa revisión pop del problema del montón en la primera temporada de Fargo!-, de la cual cabrá hablar más adelante. Lo que aquí nos interesa no es (todavía) la falacia del continuo –es decir, la conclusión errónea de que si hay casos borrosos entre A y H, entonces A y H son indistinguibles [14]-, sino el hecho mismo de que existan tales casos borrosos, cuya inaprehensible vaguedad genera una franja liminal y siniestra en la línea que lleva de A a H.

Lo cual nos lleva de nuevo a la tostadora -que, gloriosa coincidencia, para Homer funciona como perversa máquina del tiempo-. Decíamos más arriba que en el universo de La tostadora valiente es la presencia (o ausencia) de determinados atributos humanos lo que permite la sincronía mental y afectiva de Rob con sus cacharros -es decir, lo que comúnmente llamamos EMPATÍA-. El diagrama de Venn resulta, por tanto, engañoso. La tostadora demuestra, no que haya elementos en AH, pues sabemos que equivale a ∅, sino que debe de existir más bien una función que asocie la variable x, semejanza –que aquí podemos definir simplemente como el conjunto de atributos comunes a Rob y a los aparatos-; y la variable y, empatía, en una suerte de línea ascendente que dibuja nuestras relaciones pareidólicas con los objetos: no tiene rostro, luego es UNA tostadora; tiene rostro, luego es mi amiga: LA tostadora.

***

La función que acabamos de definir es lo que se conoce como función monótona creciente y describe una relación en la que y = f(x) crece de manera continua con la variable x. Observando la gráfica, y aplicando el sentido común, podríamos llegar a pensar que a medida que nos aproximamos a un 100% de semejanza, es decir, en tanto en cuanto dos objetostienden a ser indiscernibles –aproximándonos, por tanto, a la aplicación pura de la Ley de Leibniz, según la cual para cualesquiera dos objetos, a y b, si comparten TODAS sus propiedades, entonces a = b-, crece asimismo la empatía entre esos dos objetos. En consecuencia, en la zona cero de la identidad entre dos objetos, se daría lógicamente una empatía absoluta –que no sería sino la capacidad para identificarsecon el otro llevada hasta sus últimas consecuencias-.

En 1970, el ingeniero japonés Masahiro Mori publicó en una desconocida revista llamada Energy un breve ensayo originalmente titulado “Bukimi No Tani” (cuya traducción, torpe, pero afortunada, al inglés fue “The Uncanny Valley”; es decir, “El valle inquietante”). En aquel trabajo -que pasó desapercibido durante décadas, pero que ha sido rescatado con asombroso y democrático entusiasmo por parte de doctos y legos en la materia- Mori vino a desmontar el espejismo de pensar que las funciones monótonas crecientes se aplican sin solución de continuidad en todos los órdenes de la vida y, en particular, en aquellas que comprenden nuestra relación de afinidad con ciertos objetos inanimados.

Para nuestra desazón, algo tan mundano como subir una montaña nos demuestra que entre la distancia que nos separa de la cima y la altitud en la que nos encontramos no se mantiene un orden constante, debido, entre otras cosas, a la presencia de colinas y valles. De igual manera, la función entre la semejanza y la afinidad con los robots –extensible, como veremos, a cualquier tipo de representación antropomórfica- define una relación desordenada en la que nuestra capacidad para empatizar con un autómata crece a medida que aumenta su semejanza con un ser humano… hasta llegar a unumbral, en el que no solo no crece, sino que se desploma drásticamente, generando una siniestra reacción de incomodidad, inquietud o, sencillamente, abyección. Esta reacción de ANTIPATÍA se representa con una súbita depresión en la gráfica, conocida como el valle inquietante:

Aunque en el trabajo original no se cita en ningún momento, se ha querido ver en el término elegido por Mori, bukimi –cuya imposible traducción sería algo así como “misterioso”-, una referencia indirecta al concepto de lo siniestro, tal y como aparece en el ensayo seminal de Sigmund Freud, Das Unheimliche (1919). La conexión no es baladí ni azarosa: la palabra inglesa uncanny es precisamente el término con el cual se traduce el alemán Unheimliche del título de Freud. Como se irá desgranando más adelante, el concepto de lo siniestro –elijo esta traducción por razones que quedarán suficientemente claras en sucesivas entregas- se emplea en el discurso filosófico, en los estudios culturales y, por supuesto, en el psicoanálisis, para describir, en palabras del propio Freud, “esa clase de lo espantoso que nos lleva de vuelta a lo que resulta sobradamente conocido y familiar”. Es decir, lo siniestro define esa zona limítrofe en la que las cosas familiares se tornan espeluznantes –su voz fantasmal procedente del futuro y su foto infame en el Dragon Khan-; o en el que las cosas incomparablemente excéntricas y abominables parecen, de súbito, extrañamente cercanas –¿qué clase de monstruo no sentiría siquiera un gramo de compasión por un jovencísimo Adolf Hitler ninguneado por sus colegas pintores de acuarelas?-.

Mori sostiene que dio con la idea del valle inquietante al recordar los hórridos muñecos que habitan los museos de cera: “Cuando comencé a trabajar con robots, me acordé de aquellos muñecos y pensé, ¿no sería espeluznante que hubiera un ser humano incapaz de parpadear? Si sus ojos, simplemente, no dejaran de mirarte fijamente?” [15]. En efecto, bajo el paraguas de lo siniestro, la hipótesis del valle inquietante abarca fenómenos tan aparentemente dispares como los cacharros que parecen tener vida -algunos cuquis y adorables, como la tostadora valiente o Wall-E; otros, no tanto, como Siri o Roomba [16]-; los cuerpos humanos que han dejado de tenerla (cadáveres, vampiros y zombies) o que quizá no la tuvieron nunca (Frankenstein, Donald Trump); el doble siniestro –el que le espera en algún lugar remoto del planeta hasta que llegue el día en el que pueda equilibrar el cosmos con su muerte, pero ¡eh!, también el que vive en su interior (el enemigo en casa)-; los espejos –los de Valle-Inclán y los otros (los de andar por casa)-; y, por supuesto, los MAPAS –si existe un deseo prometeico por obtener una réplica definitiva del universo en su totalidad, ese es, sin duda, el del mapa a escala 1:1-.

En su ensayo original, Mori conjeturó que tal vez algún día se pudiera dar con un mapa lo suficientemente preciso del valle inquietante como para entender, a través de lo que no es humano, aquello que nos hace serlo. En Utepils no pretendemos, en modo alguno, haberlo encontrado. De manera mucho más humilde, sin embargo, invitamos al lector a que nos acompañe en un viaje cartográfico (en cuatro escalas) por ciertos rincones ignotos del valle inquietante, con la ilusión de que tal vez podamos comenzar a trazar un croquis. Se lo prometemos: llegado el momento, HABRÁ DRAGONES.

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[1] No deja de resultar curioso que en pleno siglo XXI sigamos usando la firma como un medio de identificación. Después de todo, hay gente que se dedica (¡profesionalmente!) a comparar diversos ejemplares de una firma y a dictaminar que, en efecto, se parecen, ergo son la misma.

[2] Supongo que a estas alturas queda suficientemente claro que me refiero al lector como lector modelo –esa ficción útil, que diría Walter Ong-, no al lector o lectora empíricos. Si aun así le sigue pareciendo machista, francamente, no puedo ayudarle.

[3] En uno de sus muchos manuscritos inéditos, el lógico y filósofo norteamericano, Charles S. Peirce –de quien volveremos a hablar largo y tendido- avanzó la hipótesis loquísima de la arqueología acústica, una disciplina que, aunque no existe todavía, habrá de llegar: “demos a la ciencia tan solo unos cientos de siglos más de incremento en progresión geométrica, y probablemente descubrirá que las ondas sonoras de la voz de Aristóteles se han grabado, de algún modo, a sí mismas” (MS 599 [CP 5.542], c. 1902).

[4] Véase, por ejemplo, J. D. Peters, Speakingintothe Air: A History of the Idea of Communication (hay traducción española: Hablar al aire. Una historia de la comunicación, México: FCE, 2014). Cfr. también, S. Connor, Dumbstruck: A Cultural History of Ventriloquism, Oxford UniversityPress, 2000; J. Sconce, Haunted Media: ElectronicPresencefromTelegraphy to Television, DukeUniversityPress, 2000.

[5] Por si la letra en negrita no le ha dado una pista, esto es relevante. Por el momento, bastará con señalar que debería tener en mente la clasificación tripartita de (uno de) los tipos de signos que propuso Peirce entre ICONOS, cuyo fundamento representativo se basa en la semejanza; ÍNDICES, cuyo fundamento es una relación de causa-efecto o de contigüidad espacio-temporal; y SÍMBOLOS, cuyo fundamento es un hábito o ley. Se lo dije.

[6] Como afirma John Peters, la verdadera tragedia de la esquizofrenia no es escuchar voces en la cabeza -¿a quién no le pasa?-, sino el hecho de que dichas “voces” carecen de las propiedades materiales del sonido (extensión, timbre, tono, etc.), que, a su vez, son características necesarias para poder identificar al sujeto emisor. Así pues, no son, en sentido estricto, voces y, por tanto, lo que le pasa al esquizofrénico es que no es capaz de identificarquién habla a quién. En este sentido, si fuera posible, la telepatía sería indistinguible de la locura.

[7] Si el lector lo piensa detenidamente, verá que los ángeles representan ESTO de forma paradigmática.

[8] En este punto debería venirle a la cabeza El retrato de Dorian Grey.

[9] R. Barthes, La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía, Barcelona: Paidós, 1990, p. 31.

[10] Ese “icónica” no está ahí por casualidad. Una vez más, vuelva a la nota nº 5.

[11] ¿Es Milhouse el más expresivo –y, por tanto, el que está “más vivo por dentro”- de los personajes (habituales) de Los simpson?

[12] Suponemos que Emmanuel Levinas tendría algo que decir a propósito de esto.

[13] De los cuales, por cierto, la tostadora no sea quizás el mejor ejemplo. Piense, sin embargo, en la posibilidad de hacer un morphingentre su cara y una tostadora. Créame, lo he intentado. Y es ATERRADOR.

[14] Volveremos sobre esto dentro de dos semanas cuando abordemos la máquina de Turing. Permanezca en sintonía.

[15] Suponemos que algo muy parecido debió de pensar Jorge Sanz –el de la serie, no el REAL- al encontrarse con el espantajo de su doppelgänger (sin duda alguna, el DOBLE MALVADO por antonomasia).

[16] Llámeme loco si quiere, pero a mí ME DAN MIEDO.

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Ignacio Redondo

23 comments

  1. Utepils 31 Marzo, 2017 at 13:58 Responder

    Sin palabras, Ignacio. Has convertido una patochada que teníamos en mente (un breve repaso a emblemáticos humanoides del cine) en uno de los tratados sobre este tema más interesantes que pueda haber en nuestro idioma, al menos en Internet, a día de hoy. Enhorabuena y gracias.

  2. Luxindex 31 Marzo, 2017 at 19:39 Responder

    Aunque soy catedrático en Homología Simplicial por la Universidad Complutense de Harvard y de Lógica por la Megárica de la Sorbona, lo de Homer Simpson no lo entiendo por más que lo lea, francamente. ¿Cómo que «Si Ch0, entonces Ch1»? ¿En qué se basa ese entonces, o qué quiere decir?

    Yo, y aunque aquí no se puedan usar subíndices ni algunos autores respondan a los comentarios, plantearía esta paradoja de otra forma:

    Ch = Cabellera de Homer, la cual la componen 100 000 pelos (P); Ch = P100 000

    Pero si a esa cabellera le arrancásemos UN pelo ¿acaso dejaría de ser cabellera? No, claro está; luego Ch = P100 000 = P99 999

    ¿Y si le quitásemos OTRO pelo, dejaría de ser cabellera? No, ¿verdad? Luego Ch = P99 999 = P99 998

    Por tanto, siguiendo la secuencia lógica-matemática podemos expresar:

    Ch = Pn = Pn-1

    Y llevando esto a su última instancia, al último pelo:

    Ch = P1 = P1-1 = P0

    Consecuentemente, P100 000 = P0; esto es: Homer luce cabellera así tenga 100 000 pelos o ninguno. Lo cual no sé si es absurdo, pero desde luego es un gran suerte para Homer.

  3. di 1 Abril, 2017 at 00:49 Responder

    Estimado LUX, como el Filósofo Redondo no contesta, aquí estoy yo… porque nada más empezar a leer de mapas me ha venido a la cabeza el no-precisamente-barato “mapamundi escala 1:1” q tienes en tu pared, q para eso tienes las cátedras de has citado y los Horroris Causa q has callado, discreto q eres, y prudente.

    A mí me ha fascinado el gráfico-soy mucho de gráficos, pero en este aún estoy perdida: sugeriría unos colores, o a ver dónde encaja la Death. Sobre lo de Homer, ahí la has bordado y callado la boca al sofista, q hoy no es q no aparezca, es q está venga a darle vueltas a la ecuación él solo.. toda la noche lleva!

    Watch this space.

    di

  4. Luxindex 1 Abril, 2017 at 14:34 Responder

    Últimamente, querida Di, no contento, le he dado una vuelta más al mapamundi a escala 1:1: me he comprado otro mapamundi a escala 1:1 donde viene representado el primer mapamundi ya obsoleto. Un lio, ya, pero las cosas o se hacen bien o no se hacen; ¡A que sí, Redondo!

  5. Di 2 Abril, 2017 at 01:18 Responder

    Admirado lux, no solo haces las cosas bien, sino q, te sales de tu camino para hacerlas! Vamos A ver, porque para ti, pongamos q estás así relajado en tu casa y quieres entrar A comentar en loderedondo, y… Tienes q pasar por el mapamundi 1:1 (el segundo, el primero si hay q usarlo se usa, pero teniendo el segundo es tontería) q tienes colgado y, no sé… No tienes q cruzar A veces el amazonas para llegarte al ordenador? O la selva negra? Ah no, ya lo veo: vas siempre con un portátil! no como el bueno de redondo, A que no redondo?!?

  6. Luxindex 2 Abril, 2017 at 21:25 Responder

    Querida Di:

    ¿Portátil, dices? No, no, ¡que están carísimos!

    No obstante, has dado, una vez más, perspicazmente en la clave: el primer mapamundi a escala 1:1 que intenté me resultó un engorro. Inspirado en Christo y Jeanne-Claude (ya sabes de mi condición diletante en todas las disciplinas artísticas), quise hacer dicho mapamundi en papel continuo para que abarcara fielmente y de una vez la faz de la tierra. Pero cuando ya lo tuve dibujado (¡imagínate el faenón!) e iba desplegándolo en primera instancia por Europa la gente protestaba (sobre todo las madres antiguas italianas cuando acababan de fregar el suelo y los viejos franceses que jugaban a la petanca; en cambio, los niños todos estaban encantados). En fin, qué quieres, por no buscarme líos con el prójimo, ya sabes como soy, desistí. Y ahí lo puse, muy bien plegadito debajo de la cama, por si algún día tengo la oportunidad.

    Pero entonces, inspirándome en el Campo de relámpagos de otro crack del Land Art (Walter De Maria) decidí instalar en un buen trozo de dehesa para toros bravos que tengo en uno de mis châteaux, el de Cazalla de la Sierra, 1 225 torres (35 filas, 35 columnas) que contienen, cada una y en A0 (1189 x 841 mm ≈ 1 m2), 416 408 980 m2 cartográficos que se corresponden a la misma área geográfica (pues, recordemos la escala es 1:1). Como no quería gastar mucho en peldaños de escalera de mano, el grosor del papel era crítico para obtener cuanto menos altura mejor. Elegí, por eso, un espesor de papel de biblia, o de los panes de oro, de 0.1 mμ. Así, cada torre tiene la práctica altura de 42 m de altura (para que nos hagamos una altura 42 m de altura es como un bloque moderno de viviendas de unos 14 pisos de altura: ideal para una dehesa). Y allí están los 510.101.000.000 m2 de nuestro planeta azul; ¿no es asombroso?

    ¿Que, por ejemplo, algún día te apetece saber cabalmente cómo es Notre Dame, o Usku (esa aldeíta perdida en Indonesia que viste en una película de Antena 3)? Pues, nada, te pasas por el château un día que yo esté (no hace falta que avises), me lo dices y en mi Sinclair ZX Spectrum miro en el índice los cuadrantes correspondientes y telefoneo al encargado de turno (24/7 siempre hay uno) en las torres para que baje los A0 precisos y los componga ordenadamente, y asegurados con pisapapeles, en el suelo… Al rato (356 horas en el caso de Notre Dame; 1 312 para Usku), nos vamos paseando hasta donde las torres y le echamos un vistazo al técnico collage. El plan perfecto es que luego nos acercásemos al pueblo, pues sé de un sitio que ponen un arroz al horno para chuparte los dedos (tú los tuyos y yo los míos, faltaría más —claro, que no quiero que se note que estoy queriendo ligar contigo—).

    En resumen, que estoy orgulloso: Walter De Maria puso en Nuevo México 400 pararrayitos de cinco metros de altura; yo, en Cazalla de la Sierra, 1 225 torres de 42 m de altura. ¡Já, a que no hay color, Di!

    Atentamente,

    Luxindex

  7. Luxindex 2 Abril, 2017 at 21:26 Responder

    Redondo, aunque me da apuro tenerte contestando amablemente y todo el santo día a mis comentarios, no puedo evitar plantearte otra sola cuestión (tengo más) respecto a tu artículo que no me ha quedado clara.

    Me gustaría, por favor, que me aclarases (porque viniendo de ti algún motivo tiene que haber) por qué en lugar de elegir el breve camino llano para decir «Hay voces que se confunden con otras» has elegido otro mucho más escabroso y largo: «Después de todo, todas las voces se parecen a otras voces —lo cual no quiere decir, como veremos, que todas las voces se parezcan entre sí—».

    Pero es que, además, si empleas parecer en lugar de confundir tu afirmación carece de sentido pues, si lo piensas bien: todas las voces SÍ se parecen entre sí; no se confunden necesariamente, pero sí se parecen.

    Por eso son voces las voces y no, qué sé yo, unas vacaciones en Roma, un eclipse de luna, el primer amor, o unos boquerones en vinagre. Todas las voces tienen algo en común, que es justo aquello en que se parecen; y, luego, tienen rasgos en las que se distinguen pues, de lo contrario, todas las voces serían una sola voz como ocurre con la disciplina de partido, en las dictaduras y en aquellas voces que sí se confunden entre sí.

    Pero, siguiendo tu método, Redondo, lo expresaré científicamente para que, así, quede la cosa académicamente clara:

    Si∫ a · b √f ( x ) d · x = Ø. O lo que es lo mismo: ∑ F (b) − F (a) . {a} ± {b} · f(x) Siempre y cuando, huelga aclarar entre nosotros, que F(b)-F(a)

    ¿Casualidad que f en el intervalo [a, b] pueda ser calculada por su antiderivada F de f? Puede que sí y puede que no: depende. En la vida claro que hay casualidades, pero, por ejemplo, ¿no te sorprende, por ejemplo, que el día de tu cumpleaños coincida plenamente (no más o menos, sino e-xac-ta-men-te) con el día en que naciste? Puede que sí, puede que no: depende. ¡A que depende, Redondo!

  8. Inma 3 Abril, 2017 at 22:27 Responder

    Bueno, bueno. Menudo artículo. Raro a todo los que da. Tengo que reconocer que no tengo una mente muy filosófica. Cierto que en cualquier revista hay artículos que te interesan y te los lees y te gustan, pero hay otros que te los saltas porque no entran en tu juego mental y punto, pues aquí lo mismo. De modo que me parece genial que cada uno escriba sobre lo que domina o le interesa que los lectores leeremos lo que nos encaje mejor en nuestras mentes.
    Respecto a los comentarios casi que no voy a entrar por no hacer el más espantoso de los ridículos.

  9. Inma 4 Abril, 2017 at 09:35 Responder

    Ignacio espero que mi desacertado comentario de ayer no te desmotive en absoluto. Ya te dije que me parece genial que cada uno escriba sobre los que le gusta y además desde un punto de vista original. Es bueno para los lectores, como es mi caso, leer cosas “poco frecuentes” para dar una vuelta a nuestra cabeza y a nuestros puntos de vista que se han podido quedar por ahí perdidos.
    Venga, un abrazo y nada, tú a lo tuyo.

  10. Luxindx 4 Abril, 2017 at 13:43 Responder

    Estimada Inma:

    Que un colaborador de un estupendo blog ABIERTO A COMENTARIOS no responda nunca a ninguno de ellos no sólo es una grosería por su parte, también es ridículo. ¿Dicho autor es consciente de que en la Red (y más fuera de ella) hay millares de autores más interesantes que él; que hay millones de publicaciones más enjundiosas que las suyas?

    Yo entiendo que, por ejemplo, un músico consagrado no se preste a firmar autógrafos tras uno de sus conciertos, pero que un chavalín que aporrea una guitarra en la playa entre amigotes y chicas guapas mientras canturrea (desafinado) canciones de otros se las dé de algo es, sencillamente, ridículo. Pues eso: el de la playa, o es simpático, o como centro de atención tiene menos futuro que un monaguillo en Irán. Dicho de otro modo, igual que no por colocarte un fular amarillo y unas gafas rosas eres poeta, o por llevar bata blanca y alborotarte el pelo eres físico o matemático, por no contestar a los comentarios de tu escrito éste no resulta más interesante sino más antipático.

    Y es que sólo hay una cosa peor que el mal genio y autosuficiencia de muchos genios: no ser un genio pero gastar el mal genio y autosuficiencia de ellos. Es el caso.

  11. Iñaki 4 Abril, 2017 at 14:01 Responder

    No te parece, Lux, mucho presuponer que el autor no responde porque se cree un genio? Te has planteado que puede haber otros motivos por los cuales no ha vuelto a escribir desde el vienes? Que le atribuyas semejante ego es precipitado por tu parte, no lo crees? Y si su mujer se puso de parto el mismo viernes? Y si ha fallecido su madre? Y si ha tenido un accidente? O, poniendonos menos dramáticos, igual está en un viaje en el extranjero y no tiene acceso a internet, tiene un pico de trabajo porque tiene que cerrar el IVA… Entiendo tus ganas de ser respondido, yo también estoy deseoso de que se manifieste, pero no me parece que atribuir su silencio a su egoísmo o chulería sea oportuno.

  12. Luxindex 4 Abril, 2017 at 16:05 Responder

    Iñaki, creo que tu actitud es mucho más sensata, paciente y conciliadora que la mía. Y eso habla bien de ti. Pero, caramba, no creo que nadie tenga a su mujer de parto, enterrando a la madre o sufriendo un accidente no desde el viernes 31 de marzo sino ¡desde el 16 de febrero! Y dado que entre el 16 de febrero al 31 de marzo sí ha podido escribir (y enviar) cuatro o cinco artículos más, pues, qué quieres, también descarto el no tener conexión, estar (aislado) en el extranjero, o estar hasta el copete de trabajo (con o sin IVA). Es que hablamos de 43 días (47, si la fecha la llevamos hasta la presente).

    Tampoco creo, ahora en serio, que Redondo pase de contestar por creerse un genio (por su forma de escribir no me parece tan iluso); no contesta porque, sencillamente, es un maleducado.

  13. Ignacio Redondo 4 Abril, 2017 at 23:39 Responder

    Vaya por delante mi más sincero agradecimiento por TODOS los comentarios, los elogiosos y los no tanto, pero sobre todo a las enmiendas y objeciones. Me han hecho PENSAR, lo cual, en estos tiempos que corren, no es moco de pavo. Eso sí, no haré, à la Austin, ningún alegato en pro de las excusas. Si un servidor se pasa las tardes —47, para ser exactos— desafinando entre amigotes y chicas guapas o masturbándose furiosamente frente al espejo mientras piensa en los comentarios airados que sus textos generan entre cierto tipo de auditorio, no es algo de lo que (creo) tenga que dar cumplida cuenta.

    No carece de razón el amigo Lux al mencionar la descortesía que supone dar la callada por respuesta. No soy ni he sido jamás un buen corresponsal. Procrastino de manera inmisericorde en todas y cada una de las cosas que hago —pero, sobre todo, en las que no hago (y debería)—. Y así me va. Sea como fuere, ignoraba que solo los músicos consagrados —y, al parecer, los catedráticos en Homología Simplicial— quedaran dispensados de la obligación moral de responder en un blog abierto a comentarios. ¿No le parece, estimado Lux, que los pringados narcisistas, autocomplacientes y (demasiado) pagados de sí mismos también tenemos derecho a hacer uso de la palabra cuando y como nos dé la real gana? Después de todo, la guerrilla semiológica es un arma de doble filo y no solo los lectores tienen privilegios.

    Desconocía también que el uso de la libre opinión —por lo cual estoy inmensamente agradecido a los editores de esta revista— conllevara, por contrato, la responsabilidad de justificar todas y cada una de las afirmaciones que se hacen. Si EL LECTOR repara en el hecho de que esta no es sino la primera parte de una larga serie de apostillas sobre el tema, advertirá, pues, que en una introducción no puede darse cuenta y razón de todas las minutiae sino, a lo sumo, trazar con brocha gorda una suerte de bosquejo de lo que (previsiblemente) quedará explicado en ulteriores intervenciones.

    Digo esto a propósito de la calva de Homer y de la semejanza, acerca de las cuales esperaba poder decir alguna que otra cosa más —insisto— en próximas secciones. No obstante, ya que se me requiere, vaya por aquí un adelanto a modo de nota al margen:

    Con respecto a la calvicie, me he limitado a parafrasear, en formato medianamente asequible, lo que no es sino la formulación estándar de la paradoja sorites. Si EL LECTOR tiene a bien consultar la bibliografía existente —llena, ciertamente, de publicaciones más enjundiosas de autores harto más interesantes—, verá que lo que aquí se dice no es más que una de las muchas formas —algo torpe, se lo concedo— en que las que puede enunciarse la dichosa paradoja. Imagino que aceptará que un estado de cosas en el que hubiera un individuo con 0 pelos (h0) sería uno en el que la proposición Ch0 sería verdadera. Eso es lo que se limita a decir la premisa inicial, a saber, que a un individuo que tenga 0 pelos se le puede aplicar sin problemas el predicado “____es calvo”. Entiendo que la dificultad está en la acumulación de modus ponens que componen el conjunto de premisas restantes. No yerra aquí EL LECTOR, pues, en efecto, el meollo de la paradoja está precisamente en alguno de los eslabones intermedios de la cadena —el verdadero problema, por supuesto, está en determinar cuál EXACTAMENTE—. Sin embargo, donde EL LECTOR sí se equivoca es en la correcta interpretación de la segunda premisa (asumo, no obstante, mi responsabilidad en la manera equívoca y, una vez más, torpe, en que se ha formulado). El primer condicional NO dice que si Homer tiene 0 pelos, entonces tiene 1 pelo. No sé si eso es tener suerte, pero desde luego es absurdo. Lo que la premisa nº 2 dice (o pretende decir) es que si el predicado “____es calvo” puede aplicarse sin problemas a un individuo con 0 pelos, también puede hacerse lo propio con un individuo que tenga un único pelo (h1). De igual forma, si el predicado se aplica en ese segundo caso, ¿qué nos impide hacerlo nuevamente con otro que tenga no uno, sino dos pelos (h2)? Y… ¿ve por dónde voy?

    En cuanto al problema de la semejanza, prefiero dejarlo para más adelante, cuando se aborde la crítica de Wittgenstein al esencialismo. Bastará, por el momento, mencionar que tiene que ver con el famoso pasaje de las Investigaciones (§66) en que el filósofo vienés introduce el concepto de “aire de familia”. Como sabrá sin duda EL LECTOR, Wittgenstein cuestiona precisamente el argumento que lleva a algunos majaderos —en palabras del propio Wittgenstein— a creer que del hecho de que (1) todos los miembros de una familia se parezcan (vagamente) a otros miembros de la misma familia, se pueda deducir (2) que exista una PROPIEDAD común a todos y cada uno de los miembros de dicha familia. De todas formas, no hace falta en modo alguno irse por las ramas. Como cualquier estudiante de lógica sabe, no es lo mismo decir:

    (3) Todas las voces se parecen a otras voces (para todo x existe un y tal que si Vx y Vy, entonces Rxy);

    que

    (4) Todas las voces se parecen a todas las voces (para todo x y para todo y, si Vx y Vy, entonces Rxy).

    De lo cual, quizás, sí podría decirse que hay alguna voz a la cual se parecen todas las demás otras voces (existe un x para todo y tal que si Vx y Vy, entonces Rxy).

    No pretendo comenzar ninguna polémica estéril. Se me pedían aclaraciones y aquí están. Quedo a disposición de los y las lectoras empíricos, esos que se toman la molestia de leer y hacer muy bienvenidos comentarios sobre las ridiculeces que escribo CUANDO PUEDO —porque uno no dispone de tanto tiempo como algunos, que parecen no tener otra cosa que hacer — .

    Saludos y GRACIAS.

  14. Luxindex 5 Abril, 2017 at 00:50 Responder

    Ignacio Redondo ha contestado, y muy acertada y generosamente. Así pues, tenía yo razón: nada es imposible.

    Gracias, Ignacio.

  15. Utepils 6 Abril, 2017 at 15:33 Responder

    Esto es lo que pone en la sección “¿Quiénes somos?”:

    Utepils es una palabra del noruego que significa algo así como “salir a la calle a tomar cervezas con amigos cuando hace buen tiempo”. Y eso es precisamente lo que queremos conseguir a través de esta revista: tener la sensación de estar con amigos, charlando sobre todo tipo de temas, aprendiendo de ellos y divirtiéndonos.

    Nos gustaría que los comentarios (y los de los colaboradores especialmente, los de los demás ya es otro cantar, y entre colaboradores, más especialmente todavía) fuesen en la línea de la filosofía de la revista.

  16. Inma 6 Abril, 2017 at 19:27 Responder

    Buena observación desde utepils. Totalmente de acuerdo. Si es posible disfrutar “charlando” con los amigos, disfrutemos.
    Un abrazo

  17. Luxindex 6 Abril, 2017 at 20:03 Responder

    Eso, charlando: hablando unos u otros, preguntando unos u otros, contestando unos u otros… Charlando, sí, exacto. Porque si no se charla hay un formato imbatible incluso para esta interesantísima iniciativa que es Utepils: el libro.

  18. Ignacio Redondo 7 Abril, 2017 at 07:46 Responder

    Venga, va, vamos a llevarnos BIEN, que no cuesta nada. Acepto el coscorrón de buen grado, apunto en mi lista de tareas pendientes revisar mi (fallida) concepción de la conversación y me haré mirar eso de la impostura, que no es la primera (ni supongo que será la última) vez que me lo dicen. Por mi parte, doy por cerrado este capítulo con un amigable apretón de manos. ¿No les parece, no obstante, que de cara a que la futura charla discurra por el sendero del buen humor deberíamos dejar a un lado los argumentos ad hominem? Es decir… bueno, ya me entienden.

  19. Fer 7 Abril, 2017 at 09:37 Responder

    Si NO dejo a un lado argumentos ad hominem, no tengo por el artículo más que alabanzas.
    Dejándolos de lado, no puedo sino felicitar al autor y a utepils por este pedazo artículo. Me parece que voy a disfrutar mucho con los dragones a lo largo de la serie y ojalá se convierta en referencia futura sobre el tema.

  20. Luxindex 8 Abril, 2017 at 17:41 Responder

    «Es decir… bueno, ya me entienden», dice Redondo. Pues no, no se te entiende, Redondo.

    Además, leo (1): «El narcisista suele no terminar las frases. Usa los puntos suspensivos como puerta abierta para que por ahí entren escrúpulos de conciencia en su oyente que, si es débil mental, se le acabaran convirtiendo en sentido de culpa.

    Por otra parte, el narcisista siempre ignoran al prójimo, a no ser que éste le sirva de suministro para mantener o recomponer la buena imagen que este psicópata ofrece de sí mismo».

    En fin, caramba, que más claro, agua.

    (1) Kernberg, O. (2016). Psychopathy Conditions and Pathological Narcissism, Rev. Ad hominen, 44(2), 123-124.

    ¡¡ES BROMAAA!! ¡Venga ese apretón de manos, Redondo, pelillos a la mar, y que nos llegue pronto tu segunda entrega para, así, poder seguir charlando y charlando!

  21. Ignacio Redondo 8 Abril, 2017 at 18:44 Responder

    Es una pena que no se puedan añadir emoticonos (¿o sí?), porque ahora sí me ha hecho gracia. Una vez más, querido Lux (pertímeme que te tutee, ahora que somos amiguitos), no te falta razón. Soy un narcisita de tomo y lomo. No en vano, la segunda entrega aborda colateralmente el tema (a propósito de la fase del espejo), no solo porque algo tiene que ver con lo inquietante, sino precisamente como ejercicio de auto-examen. Espero como agua de mayo tus comentarios.

    Querido FER, mil gracias por tus palabras de aliento, pero son demasiado generosas. Ten cuidadín, no vaya a ser que te hayas dejado seducir por fuegos fatuos de un narcisista en busca de reconocimiento social… (te ruego disculpes mis puntos suspensivos, pero no puedo evitar minusvalorar al prójimo. Ya sabes, soy un PSICÓPATA).

  22. Luxindex 8 Abril, 2017 at 22:38 Responder

    Ah, que ahora SÍ te ha hecho gracia… luego antes, NO: lábil en gustos, afectos o inclinaciones. Esto está cada vez más claro.

    Redondo, tú ríete, pero una característica que comparten los narcisistas con los ASESINOS EN SERIE y con los robaperas es ésa: cambiar de criterio inopinadamente: ahora sí, ahora no; ahora no, ahora sí.

    Por otra parte, leo: «El narcisista tiende a ser hombre, y joven». Y en tu caso intuyo que también cumples ambas condiciones. Mucha casualidad, ¿no?

    Es verdad que, sencillamente, puede que nacieras así (hombre) y no hace mucho tiempo (joven), pero dado que «El narcisista tiende a ser hombre, y joven» puede también que nacieras mujer y vieja y con el tiempo, precisamente por tu cada vez más incuestionable narcisismo, hayas acabado en hombre joven. Yo me inclino más por esta segunda posibilidad; llámalo pálpito o intuición si quieres, pero ¿crees que la cátedra de Trastornos neurocognitivos en la Universidad Autónoma del Doctor Batablanc me la gané así, a golpe de pálpitos? Por favor…

    (1) Kernberg, O. (2016). Psychopathy Conditions and Pathological Narcissism, Rev. Firewood the Monckey, 44(2), 123-124.

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