Música

EL MOMENTO MÁS OSCURO EN LA VIDA DEL HOMBRE DE NEGRO: PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JOHNNY CASH

Octubre de 1967. Johnny Cash coge su coche y conduce hasta las inmediaciones de Nickajack Cave, una cueva en el condado de Marion, Tennessee, que conoce bien. El nombre de la cueva proviene de un asentamiento indio que se extendía entre su entrada y el río Tennessee y que fue arrasado en 1794 por los colonos europeos en lo que algunos consideran la última batalla del pueblo cheroqui. Después de aquello, la gruta se convirtió en refugio de forajidos y emplazamiento estratégico para el ejército confederado durante la guerra civil. Cash sabe todo esto. Sabe la carga espiritual con la que los nativos americanos impregnaron el lugar entre otras cosas porque pasó mucho tiempo convencido de que por sus venas corría sangre cheroqui. No es la primera vez que va allí en busca de reliquias. Pero esta vez es diferente. Johnny ha ido en busca de la muerte. Tiene 35 años y no sospecha ─no puede sospecharlo─ que se encuentra exactamente en la mitad de su vida.

35 años dan bastante de sí si te llamas J. R. Cash. Criado con ese nombre (su madre quería llamarlo John y su padre Ray, como no llegaron a un acuerdo fue bautizado con las siglas J. R.) en un ambiente de pobreza abnegada en la Arkansas de la gran depresión, el pequeño John supo demasiado pronto lo que era trabajar duro acompañando a sus padres y a su hermano Jack en los campos de algodón. De esa época datan algunos de los aspectos que marcarían el resto de sus días. La afición de su madre por la música góspel, la insensibilidad de su padre y la prematura muerte de Jack en un accidente con una sierra mecánica. Tenía dos años más que su hermano y la relación entre ambos era tan estrecha como la habitación que compartían. John nunca superó la pérdida de Jack, soñando de noche en noche con él ─siempre dos años mayor a pesar de conservar la forma adolescente que tenía cuando murió─ hasta que ambos se reunieron en el otro lado.

El Paso, 1965

Con semejante panorama, J. R. esperó hasta cumplir la edad necesaria y se alistó en las fuerzas aéreas para cumplir servicio en Landsberg, Alemania, desencriptando los mensajes en morse del ejército soviético. Allí adoptó definitivamente el nombre de John Cash, transmitió la noticia de la muerte de Stalin y obtuvo la profunda cicatriz en su cara que le dejó como recuerdo un cirujano borracho. También empezó a ensayar y a cartearse con Vivian Liberto, la que se convertiría en su primera mujer al volver de Europa. El matrimonio se trasladó a Memphis donde Cash pasaba las noches tocando con Luther Perkins y Marshall Grant, dos mecánicos que, como él, no tenían ni puñetera idea de tocar. Habían nacido Johnny Cash and The Tennessee Two y su forma característica de interpretar, ese ferroviario boom-chicka-boom que no era otra cosa que la incapacidad para pasar de una nota a otra con fluidez.

Por mucho que en The man in black Johnny declarara vestir el negro por los pobres, los vencidos, los enfermos y los caídos, el origen de su perenne uniforme resulta bastante menos épico. Era el único color que tenían en común los raquíticos armarios de Cash, Perkins y Grant y su único recurso para aparecer conjuntados en las audiciones en las que trataban de conseguir un primer contrato. Así se presentaron frente a Sam Phillips, capo de Sun Records, que ante el repertorio evangélico que le mostraron les aconsejó que se marcharan por donde habían venido, pecaran y volvieran con algo que pudiera sonar en la radio. Ese algo fue Hey Porter y Cry, cry, cry. Estamos en 1955.

Mientras, el Johnny Cash de octubre del 67 sale de su jeep y camina hacia la cueva. Su carrera musical está en punto muerto y su vida personal es una auténtica calamidad. La adicción a las anfetaminas y la ingesta desordenada de cualquier otra sustancia que se le ponga por delante ha alcanzado un punto difícilmente reversible. Conoce lo enmarañado del interior de Nickajack y no se le escapa que algunos exploradores han encontrado allí su final al no dar con la forma de salir. Eso es exactamente lo que pretende, perderse en los oscuros pasadizos y descansar por fin en algún rincón subterráneo donde nadie pueda encontrarlo jamás. Durante tres horas camina sin rumbo llevándose de vez en cuando la mano al bolsillo en busca de pastillas. Aunque es complicado imaginar todo lo que pasa por su cabeza, uno podría apostar un brazo sin temor a perderlo por dos personas. Su hermano Jack y June Carter.

June y John giraron juntos a principios de los sesenta aunque ya habían coincidido varias veces antes y ambos se profesaban una admiración mutua desde mucho tiempo atrás. Para entonces el ascenso de Johnny Cash en el negocio musical discurría parejo a su afición por el alcohol, los estimulantes y los sedantes, que le ayudaban a soportar el frenético ritmo de su agenda. En casa, Vivian estaba hartándose de tener que sacar adelante ella sola a cuatro niñas, de los devaneos de su marido con otras mujeres y de su actitud cada vez más salvaje y descontrolada. Por su parte, June tenía dos hijas de dos matrimonios diferentes y el segundo llevaba camino de terminar igual que el primero. A eso hay que añadirle que el sector cristiano norteamericano de la época ─al que ella misma pertenecía─, no veía con buenos ojos su alborotada vida marital y esa relación cada vez más íntima con el hombre de negro.

El mismo hombre de negro que según confesó más adelante escapó de la muerte durante los siguientes años de milagro. Habitaciones de hotel reducidas a añicos, armas de fuego, hachas de guerra indias (metafóricas pero también físicas), giras interminables, viajes agotadores, días sin dormir ni comer y un abuso de estupefacientes que deja en ridículo las gestas tóxicas de estrellas del rock que vinieron después. El culmen de la locura en que se había instalado Cash se produce entre 1965 y el incidente de Nickajack. 1965 fue un año intenso en ese sentido. La policía de El Paso encontró cientos de pastillas en la funda de su guitarra cuando volvía de México, June y él fueron sorprendidos robando flores de una propiedad privada y en el colmo del absurdo provocó ─accidentalmente─ el incendio de su camioneta en medio del parque nacional de Los Padres, en California, comenzando un incendio que calcinó la vegetación de tres de las montañas del bosque y mató a 49 de los 53 buitres protegidos que vivían allí. «I didn’t do it, my truck did, and it’s dead, so you can’t question it», dijo en el juicio. La frase bien merece un curso intensivo de inglés sólo para poder traducirla. Hacía dos años que June había escrito Ring of fire inspirada en la relación entre ellos y en la conducta autodestructiva de Johnny.

Después de tres horas vagando por Nickajack, la linterna se apaga y Johnny Cash se deja caer sobre el lecho de roca. Los cuentos sobre asesinatos, destilaciones ilegales de whiskey y tesoros escondidos que circulan con la cueva como protagonista están a punto de tener un nuevo y rollizo hermanito: Johnny Cash entró aquí y nunca más salió. J.R. trata de cerrar los ojos pero es difícil hacerlo con tanta química en el cuerpo. Le pide a Dios que se lo lleve. Que le deje descansar por fin. No quiere ser él quien se quite la vida, pero la deja en sus manos. Y Dios responde.

Durante el verano de 1966 Vivian Liberto alcanzó el límite de lo que podía aguantar y solicitó formalmente el divorcio. Johnny Cash ya no estaba con ella, pero tampoco con June Carter, demasiado cansada de enlazar una relación fallida con otra, del comportamiento errático de Cash, de su drogadicción. Por algún motivo a Johnny le pareció buena idea mudarse con Waylon Jennings ─integrante más delante de The Highwaymen, el supergrupo en el que Cash se refugió durante los 80 junto a Jennings, Willie Nelson y Kriss Kristofersson─ como compañero de piso. Teniendo en cuenta que entonces Waylon estaba más enganchado a las drogas que él, no es de extrañar que años después ambos recordaran aquella época como la más desquiciada de todas. Qué gran sitcom podría salir de aquello. Emancipado ya en Hendersonville, Tennessee, una mañana de octubre de 1967 Johnny Cash cogió su coche y condujo hasta las inmediaciones de Nickajack Cave.

Folsom Prison, 1968

En medio de las tinieblas John R. Cash siente algo. No escucha la voz del Todopoderoso exhortándole a poner las cosas en orden y reconducirse. Ningún resplandor divino le ciega tirándole de ningún caballo. Es una sensación. La de haber vuelto a Dios después de mucho tiempo abrazando al Diablo. Una explosión interna de plenitud y bienestar que no volverá a experimentar hasta pasados 20 años, cuando una operación de corazón le enseñe el camino de luz blanca durante un buen rato. Tampoco en la cama del hospital llegará su hora, como no ha llegado en Nickajack. A duras penas se revuelca sobre el suelo y avanza arrastrándose durante horas, perdido aunque reconfortado y decidido a aprovechar una fuerza creciente dentro de él que le empuja a encontrar la entrada. El hombre nuevo se abre camino entre el dolor y las sombras cuando una brisa liviana le conduce hasta la claridad del exterior. Y quién está allí esperándolo junto al coche. Quién podría estar allí. Sí. June Carter.

June y John se casaron el 1 de marzo de 1968, menos de dos semanas después de que John, envalentonado por las anfetaminas que todavía tardaría un tiempo en dejar pero que dejaría al final, le propusiera matrimonio en mitad de un concierto en Canadá frente a varios miles de personas a una June Carter que no las tenía todas consigo. Siguieron juntos hasta la muerte de ambos en 2003 y Cash se mantuvo limpio a excepción de un par de recaídas en el abuso de calmantes. Una de ellas a consecuencia del ataque de uno de los avestruces que tenía en la House of Cash, en Hendersonville. El cinturón que llevaba le salvó de terminar con las tripas desparramadas por el tajo que el animal pretendía abrirle en el vientre con sus garras, pero no impidió que se fracturara cinco costillas. La vida definitivamente da mucho de sí si te llamas J. R. Cash.

Como sostenían los que le conocieron, Cash era un formidable contador de historias. Lo que no significa que todo en ellas fuese cierto. Lou Robin, su promotor y mánager durante muchos años, dijo alguna vez que sólo el 20 % de lo que contaba era verdad, embellecida por el 80 % restante. Muchos dan por hecho que  el renacimiento de Nickajack no ocurrió así. Robert Hillburn, autor de una de las últimas biografías publicadas sobre el barítono de Kingsland, aventura que tal vez ni siquiera ocurrió. En otoño de 1967 la cueva se inundó y así ha permanecido hasta ahora. Otros autores mantienen que fue Johnny Cash precisamente uno de los últimos en acceder a Nickajack antes de la crecida.

En Walk the line, la película de James Mangold basada en la vida de Cash hasta el concierto en el penal de Folsom, el episodio de la caverna es sustituido por otro mucho menos efectista pero igual de simbólico. Y funciona del mismo modo. Johnny Cash (Joaquin Phoenix), hasta arriba de estimulantes como de costumbre, trata de forma desesperada de liberar un tractor de su propiedad que lleva varios días inmovilizado por el lodo. Una representación algo ramplona de su propia vida en esos momentos, si queremos. Cuando por fin consigue hacerlo funcionar, ambos, conductor y máquina, ruedan cuesta abajo cayendo a un lago cercano. Ante la impasibilidad de toda su familia, que está presente, la única en acercase y sacarlo del agua es June Carter (Reese Witherspoon), librándole así de una muerte disparatada y nada improbable después de todo. La imagen, además, es la de un bautismo. Hacia una vida plena y nueva. Es obvio que pasara lo que pasara no fue Dios quien salvó a Johnny Cash. Fue June Carter.

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2 comments

  1. Iñaki 5 Abril, 2017 at 16:55 Responder

    A qué crees que se debe que en la peli cambiaran ese episodio de la cueva por la escena del agua? Motivos únicamente artísticos?

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