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Hermanos y enemigos

Hay historias que merecen ser contadas, y esta es una de ellas. Una historia de éxito y tragedia. La historia de una de las mejores selecciones de baloncesto de todos los tiempos, incluso a pesar de resquebrajarse cuando alcanzaban su mejor nivel. Justo en el momento en el que tanto joven talento llegaba a la cima y se atisbaba una época de dominio abrumador, todo se hizo pedazos. Me refiero a una de las generaciones de la selección que más veces conquistó el Campeonato del Mundo, solo posteriormente igualada por Estados Unidos: la selección yugoslava de baloncesto.

Cuando me inicié en el mundo de la canasta, a finales de la década de los 90, ni siquiera entendía qué eran los pasos o los dobles (sanciones básicas relacionadas con el bote del balón). Sin embargo, antes de entender las reglas del juego ya me había quedado claro que teníamos que intentar ser como los yugoslavos. “Los mejores tiradores del mundo”- decían mis entrenadores, -“y son tan buenos porque tiran miles de veces a canasta cada día”. A pesar de que el éxito de aquella generación me pilló demasiado joven para entender el impacto que aquella selección había dejado, las pinceladas que me llegaban en forma de comentarios de los que lo habían vivido con mayor consciencia fueron suficientes para percatarme de que algo gordo se había cocido en el baloncesto balcánico en los años en los que me alimentaba de papillas. Pero fue a raíz de ver el documental “Hermanos y enemigos”, producido por la propia NBA en el año 2010, cuando aquella historia me cautivó de verdad. Y en homenaje a dicho reportaje viene dado el título y varias de las líneas de este artículo.

Allá por los años 80, mientras en la NBA deslumbraban estrellas como Magic Johnson y Larry Bird, el Real Madrid y el Barcelona alternaban el dominio en España y en Europa eran años de éxito para los equipos italianos, en el viejo continente se empezaba a hablar de un chico capaz de anotar 50 ó 60 puntos en no pocos partidos. Incluso había alcanzado la friolera de 112 puntos en un solo encuentro, el 5 de octubre de 1985 ante el Olimpia Ljubljana, en la primera división yugoslava, a pesar de tener solo 20 años. Un talento del que se decía iba a dominar el baloncesto europeo e incluso mundial. Su nombre era Drazen Petrovic.

Tras casi una década sin subir a los escalones más altos del podio en las principales competiciones europeas y mundiales, a mediados de los 80 se juntaban una serie de jóvenes talentosos que complementaban perfectamente a la emergente figura destinada a dominar el baloncesto europeo de los próximos años. Novicios de un futuro esperanzador como Vlade Divac, Toni Kukoc o Dino Radja eran acompañantes de lujo de la ya estrella Drazen Petrovic.

En verano de 1988 aún éramos unos niños”- explicaba Vlade Divac- “Nos concentramos y el entrenador asignó las habitaciones. A mí me puso como compañero a Drazen”. Desde entonces, Vlade Divac y Drazen Petrovic se convirtieron en verdaderos amigos. “Éramos como hermanos”. Una selección muy joven y con un futuro prometedor, con una unión especial entre sus miembros.

Ese año consiguieron la medalla de plata en los Juegos Olímpicos. Al año siguiente, en 1989, conquistaron el Europeo de Zagreb, jugando en casa, sometiendo a todos y cada uno de sus rivales con un dominio abrumador, a pesar de que la mayoría de los jugadores más importantes apenas sobrepasaba la veintena de años (Petrovic 24, Divac 21, Radja 22 y Kukoc 20).
Pero mientras la selección yugoslava saboreaba las mieles de su primer gran triunfo, el mundo estaba cambiando a su alrededor. La guerra fría iba tocando a su fin, el comunismo iba cayendo y los vínculos que mantenían unida Yugoslavia se agrietaban cada vez más. El movimiento independentista croata era más fuerte que nunca en los últimos años, y el debilitamiento de la estructura de gobierno que sustentaba esa unión generaba la situación ideal para abordar la separación.

Esa situación todavía no afectaría demasiado a la selección de baloncesto. Su estrella, Petrovic, y su gran amigo Divac emprendían una aventura de altos vuelos, poniendo rumbo a la NBA  en una época en la que las diferencias culturales y baloncestísticas hacían de la adaptación a la liga una barrera complicada de superar. A pesar de las dificultades iniciales, el pívot serbio tuvo un buen año de rookie en Los Angeles Lakers, jugando 20 minutos por partido y promediando casi una decena de puntos y 6 rebotes por noche junto a Magic Johnson. Drazen fue capaz de demostrar su enorme talento desde sus primeros partidos en los Portland Trail Blazers, promediando 7,6 puntos por partido en solamente 12 minutos de juego aquella temporada. Pero su situación era bastante angustiosa. Se veía capaz de demostrar el jugador que era desde el primer día en la mejor liga del mundo, pero la mala suerte le hizo coincidir con muchos jugadores degran calidad en su posición, incluido Clyde Drexler, una de las estrellas del momento, lo que le impedía disfrutar de los minutos suficientes para brillar con la fuerza deseada. Petrovic y Divac hablaban por teléfono a diario, sirviéndose de apoyo mutuo lejos de su país y sus familias. Vlade aliviaba el sufrimiento de Drazen provocado por las pocas oportunidades de triunfar de las que disponía.

La temporada NBA terminó y ambos jugadores regresaban a su tierra, donde la situación empeoraba por momentos. Era el verano de 1990. Los disturbios en las calles eran ya habituales y las diferencias políticas, culturales, económicas y religiosas dividían más que nunca a unas regiones de otras. La selección yugoslava volvía a unirse en medio de un mar de preocupación para disputar el Mundial de Argentina, representando la unión por encima de las diferencias entre unos y otros. El campeonato supuso la consagración de una generación que constataba su capacidad para marcar una época, consiguiendo la medalla de oro batiendo a los Estados Unidos en semifinales y a la Unión Soviética en la final. Lamentablemente, ese iba a ser el último torneo en el que aquellos grandes jugadores destinados a dominar el baloncesto europeo jugarían juntos.

Vlade Divac y Drazen Petrovic volvían a Estados Unidos para disputar su segunda temporada en la NBA. Pero la relación entre ellos no era la misma. El conflicto estaba dividiendo las distintas regiones y la amistad entre el serbio y el croata se había visto afectada. Lo que no cambió fue la situación de Petrovic en Portland, donde Drazen disfrutó incluso de menos minutos que la temporada anterior, bajando a solo 7 por noche en los primeros 18 partidos de la temporada 90/91. La situación mejoró drásticamente cuando en enero de 1991 el croata fue traspasado a los New Jersey Nets, donde por fin tuvo más oportunidades. Promedió casi 13 puntos en 20 minutos de media que estuvo en pista en los 43 partidos que jugó en su nuevo equipo antes de terminar la temporada. Divac también tuvo una buena temporada (28 minutos, 11,2 puntos y 8,1 rebotes por partido con 22 años), en la que llegó a la final ante los Chicago Bulls, en lo que supuso el primero de los seis anillos de Michael Jordan.

De vuelta a su país, ambos jugadores encontraron una situación mucho más convulsa. En junio de 1991 Croacia y Eslovenia declararon su independencia. La actual Eslovenia se formó el 25 de ese mismo mes, tras un conflicto armado relativamente corto, denominado La guerra de los 10 días. La independencia croata fue reconocida el 8 de octubre de ese mismo año, tras la que prosiguió una horrible guerra que duraría cuatro años. El resto de repúblicas se contagiaron, dando lugar a sus declaraciones de independencia y sus correspondientes conflictos. Las guerras yugoslavas dejaron entre 130.000 y 200.000 muertos, además de millones de desplazados, convirtiéndose en los conflictos más sangrientos desde la Segunda guerra Mundial.

Además de dilapidarse las posibilidades de recuperar la amistad que tenía con Petrovic, la relación de Divac con el resto de jugadores croatas también comenzó a enfriarse. La guerra estaba en su punto álgido cuando se jugaron los Juegos Olímpicos de Barcelona en verano de 1992. A Yugoslavia le hubiese tocado defender la corona, pero no pudo participar por suspensión. Croacia ya era una nación independiente y pudo participar, alcanzando la final, que jugó contra los Estados Unidos, después de ganar en semifinales al equipo de la Rusia unificada por un solo punto. El equipo americano había visto su orgullo dañado en el último campeonato internacional y esta vez trajo al mejor equipo de toda la historia, con Magic, Jordan, Stockton, Malone, Bird y sus mejores estrellas, formando el conocido Dream Team. A pesar del buen partido de Petrovic (24 puntos) y Radja (23), los americanos se impusieron en la final por 117 a 85, siendo Jordan su máximo anotador con 22 puntos. ¿Qué hubiese ocurrido si Yugoslavia hubiera podido jugar con su anterior selección al completo? Qué lujo hubiera supuesto disfrutar de ese partido y de sus posteriores enfrentamientos, con los jugadores yugoslavos en su madurez baloncescística.

La tercera temporada de Drazen en la NBA, la primera al completo en New Jersey, fue la consagración del gran jugador que prometía ser. Además de superar los 20 puntos por partido, su manera de jugar y desafiar a las estrellas de la liga cautivó a compañeros, rivales y aficionados, superando los 30 y 40 puntos en no pocas noches. La siguiente campaña aumentó sus números hasta los 22,3 puntos por encuentro, con unos geniales porcentajes de tiro, llevando a los Nets a los playoffs, algo que hacía 7 temporadas que no ocurría.

Su fichaje por el equipo de New Jersey le había permitido disponer de los minutos necesarios para brillar y demostrar que podía igualar en la mejor liga del mundo lo que previamente había hecho en el viejo continente. El escolta croata ya era uno de los mejores jugadores del mundo y sus dos temporadas y media en su nuevo equipo habían corroborado de qué era capaz, todo ello recién llegado a la cima mundial y con sus mejores años por venir. Pero tras finalizar la temporada 92/93 su vida daría un tremendo giro. El 7 de junio de 1993, a la vuelta de una concentración con la selección croata, Drazen Petrovic fallecía en accidente de coche a los 28 años de edad. El mundo entero se hizo eco de la catástrofe, especialmente en todas las regiones de la ya antigua Yugoslavia. Más tarde se supo que los Nets tenían preparado un contrato para él a su vuelta a Estados Unidos que solo iba a ser superado por el de Michael Jordan.

El baloncesto balcánico, que no pudo desarrollar su verdadero potencial por culpa de las guerras, añadió además la pérdida de su mejor jugador justo cuando se asomaba a la cima del baloncesto mundial. Ambas catástrofes impidieron al mundo disfrutar de una de las mejores generaciones de baloncestistas de la historia. El gran éxito a nivel europeo y mundial que alcanzaron los jugadores yugoslavos de la época invita a pensar que, de haber seguido juntos, podrían haber marcado una época espectacular y, quizás, hubieran sido capaces de poner en jaque al mismísimo Dream Team, seguramente el mejor equipo de la historia del baloncesto.

Vlade Divac encadenó siete exitosas temporadas en los Lakers para posteriormente ser traspasado en verano de 1996 por un tal Kobe Bryant. Dos años después, en el año 1998 inició una etapa de 6 años en los Sacramento Kings, participando de uno de los equipos que más enamoró a mi generación, con la llegada ese mismo año del rookie Jason Williams (posteriormente sustituido por Mike Bibby) para la posición de base, el traspaso de Richmond por Chris Webber y la adquisición del alero serbio Predrag Stojakovic.

Toni Kukoc, aunque había sido elegido en el año 1990 por los Chicago Bulls, permaneció 3 años más en Europa, donde tuvo una exitosa carrera, tres Copas de Europa consecutivas incluidas, para llegar a la NBA en la temporada 93/94. Su segunda temporada coincidió con el primer regreso a la NBA de Michael Jordan, tras la muerte de su padre y su paso por el béisbol. Las prestaciones de Kukoc ese año subieron con creces respecto a su temporada de novato. En las tres siguientes temporadas ganaría 3 campeonatos de manera consecutiva.

Dino Radja, tras ganar dos Copas de Europa consecutivas junto a Toni Kukoc en la Jugoplastika y tras tres años en Roma, tomó también rumbo a la NBA para unirse a los Boston Celtics, que lo habían elegido en 1989. En tres temporadas promedió unos fantásticos 16,7 puntos y 8,4 rebotes.

En esa selección también formaron parte buenos jugadores como Zoran Savic, Predrag Danilovic, Velimir Perasovic o Zelko Obradovic, estos dos últimos también exitosos entrenadores a posteriori. Jugadores que complementaban muy bien a los líderes de esa generación, que pocos años después también hubiesen formado equipo con otros talentos como Dejan Bodiroga, primo en segundo grado de Petrovic, o Dejan Tomasevic.

 

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David Arzoz

2 comments

  1. David 11 Mayo, 2017 at 19:45 Responder

    Pues sí, una historia muy triste, aunque seguro que esas guerras causaron millones de historias tristes, la mayoría más terroríficas que la ruptura de amistades y la imposibilidad de que un equipo rinda al máximo. Menudo mundo…

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