La siguiente no es una historia agradable. Seguro que tienes cosas mucho mejores que hacer que leer esto. Si a pesar de todo quieres continuar, adelante. Situémonos. Leningrado, verano de 1941. El mariscal Wilhelm Ritter von Leeb avanza a buen ritmo hacia la actual San Petersburgo con intención de tomarla lo más rápidamente posible. Los soviéticos, muy debilitados, se preparan para el asedio desplegándose alrededor de la ciudad, camuflando los principales edificios y colocando explosivos a lo largo y ancho del subsuelo conscientes de la elevada posibilidad de que el enemigo consiga entrar. Hitler, no obstante, desconfía de Von Leeb: «Leeb está ya en la tercera edad; no puede comprender y llevar a cabo mi plan de tomar rápidamente Leningrado. Se preocupa innecesariamente de defender el sector noroeste y quiere dar un paseo por el centro de Moscú. Está senil, obviamente, ha perdido su fuerza, y como buen católico que es sólo quiere rezar y no pelear». El Führer entiende además que ocupar y mantener una metrópoli con casi tres millones de habitantes no es lo que más le conviene. Georg von Küchler, el nuevo mando del Grupo de Ejércitos Norte, recibe la orden de arrasar Leningrado hasta los cimientos. O mejor todavía. Sitiarla y dejar morir a la población de hambre y frío. Ya es diciembre.

El historiador británico Michael Jones apunta en su libro El sitio de Leningrado, 1941-1944, que la decisión de Hitler «estaba motivada por el odio ideológico y racial. Y a ella se aplicaron con rigor casi científico. Los alemanes no hubieran aceptado ni siquiera la rendición incondicional de Leningrado». A  fe que se aplicaron. El cerco duró 872 días. Entre aquellos muros mucha gente perdió la cabeza.

Volvamos a diciembre de 1941. Para entonces la única vía de comunicación con la que contaba Leningrado discurría sobre la frágil capa de hielo del lago Ládoga. Al principio era conocida como el Camino de la vida. La acción del ejército finlandés y la de la Wehrmacht hizo que enseguida se rebautizara como Camino de la muerte. Confiar en el escasísimo aprovisionamiento que entraba por el Ládoga era un ejercicio de fe. El Instituto Científico de Leningrado elaboró una especie de harina sintética a base de conchas y caparazones, complementada con serrín. Pero la gente había empezado a comer caballos, perros, cuervos, gorriones. Ratones. Después, hierba. Cola de carpintero. Aceite industrial y la grasa que lubricaba los rodamientos de las máquinas. Se hervían cinturones de cuero, botas, libros y el papel de las paredes. Con todo esto se hacían sopas enriquecidas con gomina o cola de carpintero. Cocina de asedio, la llamaban. «Se cambia gato por pegamento». Carteles como éste colgaban por todas partes. En 1925 resultaba gracioso ver a Charles Chaplin masticando un zapato. En 1942 no.

Cómo olvidarse del frío. El frío obligó a quemar la biblioteca. Un edificio que llevaba 200 años sirviendo como símbolo de la capital cultural de todo un país. Un país cuyos inviernos podían alcanzar temperaturas de hasta 40 grados negativos. Los 3000 muertos diarios pronto se convirtieron en 25000. Nadie conservaba fuerzas ya para cavar en la tierra helada y darles una sepultura digna. Bastante tenían con el tifus, la disentería y todo lo demás. La población desaparecía a tal ritmo que existen historias sobre montajes teatrales basados en Los tres mosqueteros interpretados por dos únicos actores. Lo peor, si uno está atento al título de este artículo, aún no había llegado.

De puertas para afuera, los rusos se preocuparon por dar una imagen de normalidad que desconcertara al invasor. Las grabaciones con tranvías en funcionamiento y orquestas sinfónicas tocando se reproducían a un volumen que se escuchara desde el exterior. Sostakóvich compuso su Sinfonía nº 7 para insuflar valor a un pueblo necesitado de arengas. La llamó Leningrado. Leningrado era una de las piezas musicales que sonaban con más fuerza. Los nazis, por su parte, colocaban hornillos en las lindes de la ciudad y se ponían a cocinar con la intención de que el olor de la comida se colara dentro. Según contaron después soldados alemanes, eso hacía que muchos rusos cruzaran las barricadas y alcanzaran las posiciones enemigas empujados por un hambre y un frío que les hacía insensibles a las balas. No se trata de matar el gusanillo a mediodía. Hablamos de hambre.

El hambre puede llevarte a llenar el estómago con lo que sea. Durante la peor parte del bloqueo, en febrero de 1942, los caníbales tomaron distritos enteros. No fue algo repentino. En Leningrado no se desechaba nada. Nada que pudiera servir de alimento. Cualquier cosa podía servir de alimento. Los muertos se agolpaban sobre las aceras ante la imposibilidad de ser enterrados. Las bajas temperaturas los mantenían en buen estado. Aptos para el consumo. Fue una cuestión de tiempo que alguien decidiera cortar una rodaja con la que calmar la necesidad. Los principios morales dan sustento al alma, pero no al cuerpo. Cada vez eran más los cadáveres que aparecían mutilados. Principalmente mujeres, de las que se extraían sus partes más blandas, las más femeninas. Surgió el mercadeo de carne humana. Igual que unos meses antes había pasado con la carne de rata o con la vaselina. La NKVD (que terminaría desembocando en el KGB) lo sabía. En cualquier caso, cómo evitar lo inevitable.

 «Cruzar la ciudad era peligroso, costaba confiar en los demás». Lo era. Los caníbales se organizaron en bandas que perseguían a la gente con hachas. Abordaban a los carteros militares y se los comían. Iban al mercado de la calle Zelenaya a por patatas, pero en vez de patatas se llevaban a casa al vendedor. Era más barato y sin duda mucho más nutritivo. Parece sacado del improbable guión de un slasher de Tobe Hooper, pero ocurrió aquí mismo, en Europa, hace sólo 70 años. El Gobierno de Stalin arrestó a 1400 sospechosos de antropofagia y ejecutó a 300. Leningrado fue liberada en enero de 1944. Oficialmente, murieron más de medio millón de civiles. Fuentes independientes aunque bastante fiables hablan de entre millón y medio y dos millones.

«Troya cayó, Roma cayó, Leningrado no cayó», repiten todavía hoy los pocos supervivientes. Leningrado no cayó. Pero a qué precio.

No fue éste el único lugar en el que se practicó el canibalismo durante la Segunda Guerra Mundial. Los nazis podrían contar algunas cosas al respecto. También los japoneses. Sobre todo los japoneses. Rusia contemplaría años después el retorno de aquel viejo fantasma en la figura de Andréi Chikatilo, el Carnicero de Rostov. Ah. Pero eso ya es otra historia.

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4 comments

  1. Isis 12 Mayo, 2017 at 11:39 Responder

    Espero que nos cuentes algún día esa otra historia. Qué horrible la que nos cuentas hoy, ese hambre, ese frío… muy muy salvaje todo. Gracias por contarlo. Saludos

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