Filosofía

Mi rojo, tu rojo, ningún rojo

(Nota: esta historia se publicó en la web personal del autor el 30 de septiembre de 2014)

¿Cómo podemos saber si tú y yo vemos un color de la misma manera?

Es decir, claro que podemos señalar algo de color rojo y ponerle la misma palabra, pero ¿es el rojo que entiende mi cerebro el mismo que entiende el tuyo?

Partiendo de esta pregunta tan humana, que seguro que muchos os habéis planteado, Michael Stevens hace un magnífico recorrido sobre algunos aspectos fundamentales de la percepción y de la mente. El vídeo está aquí (muy bien subtitulado al inglés) y os lo recomiendo todo:

Muy pronto concluye que, probablemente, nunca podremos dar respuesta a esa pregunta. Nunca podremos tener la seguridad de cómo perciben el universo otras personas. No como para estar seguros con la suficiente precisión, al menos (quizá ni aunque inventaran algo como el SQUID de Días Extraños).

Porque a lo que estamos preguntando aquí es algo que la filosofía ha llamado Qualia. Dice la wiki:

Los qualia son las cualidades subjetivas de las experiencias individuales. Por ejemplo, la rojez de lo rojo, o lo doloroso del dolor. Los qualia simbolizan el vacío explicativo que existe entre las cualidades subjetivas de nuestra percepción y el sistema físico que llamamos cerebro. Las propiedades de las experiencias sensoriales son, por definición, epistemológicamente no cogniscibles en la ausencia de la experiencia directa de ellas; como resultado, son también incomunicables. La existencia o ausencia de estas propiedades es un tema calurosamente debatido en la filosofía de la mente contemporánea.

Y a partir de ahí explica que algo bastante impresionante, en cualquier caso, es que, de hecho, hayamos llegado a hacernos esa pregunta. Porque eso implica que, como humanos, sabemos que otras personas tienen otras informaciones diferentes de las nuestras. A esto se le llama Teoría de la Mente y, parece ser, que en eso sí que nos quedamos solos en el reino animal:

La teoría de la mente o cognición es una expresión usada en filosofía y ciencias cognoscitivas para designar la capacidad de atribuir pensamientos e intenciones a otras personas (y a veces entidades).

Otros animales sienten y se comunican. Pero resulta que somos los únicos bichos que preguntan. No sé a vosotros, pero a mí esto me despierta una curiosidad inmensa. Porque, no poder saber qué hay dentro de las mentes de otras personas, cómo son sus qualia, tener consciencia de que existe una barrera imposible de traspasar puede llevarnos a preguntarnos aún más. A tensar más la cuerda.

Uno se da cuenta pronto de que es inalcanzable tratar de imaginar cómo percibe el mundo una persona como Concetta Antico, que vive la extrañísima condición del tetracromatismo: en lugar de tres colores básicos, ella ve cuatro. Sus ojos, por una cuestión genética, tienen un tipo de receptor al color (los llamados “conos“) adicional. Por lo que su universo es inmensamente más colorido que el nuestro. ¿Cómo será entonces la que vea que vea la “mantis marina“, que tiene dieciséis (!)?

El “mantis shrimp”, el animal favorito de The Oatmeal

Pero si es difícil entender aquello a lo que la percepción de uno no llega, resulta que tampoco es mucho más fácil cuando tira por el otro lado. Cuando uno escucha hablar a un ciego de nacimiento se da cuenta * de que su ceguera no tiene nada que ver con lo que sentimos los videntes al estar a oscuras y cerrar los ojos. La privación total de un sentido es algo que también queda fuera de nuestra capacidad de imaginar.

Más allá está el caso extremo. El de los sordociegos. Personas que carecen de los dos sentidos por los que más información recibimos del mundo que nos rodea. Tendemos a sentir angustia al imaginar su condición y lástima por ellos. Y debe ser cierto que, en la mayoría de los casos, viven en un estado de gran aislamiento. Sin embargo, los hay que consiguen tener “experiencias vitales” bastante más positivas. Principalmente, gracias a la ayuda de personas que actúan para ellos de intérpretes-guías y, cada vez más, de la tecnología.

En cualquier caso, ¿cómo funciona la mente de un sordociego de nacimiento? ¿Qué percepción tiene del mundo?**  ¿Qué entiende de lo que hay a su alrededor? ¿Qué son, para ellos, el resto de las personas que les rodean?

Y, hace poco, he tenido conocimiento del caso de Hellen Keller.

Esta mujer, nacida en 01880 en los Estados Unidos, quedó sordociega a los 19 meses de edad. Aprendió a hablar, a través del sentido del tacto (no puedo siquiera imaginar el esfuerzo que debió suponerle), gracias a su interprete-guía, Anne Sullivan, a los siete años. Su vida fue totalmente ejemplar en cuanto a producción intelectual, lucha por los derechos de la mujer, los trabajadores, los discapacitados y las libertades civiles hasta el punto de ser condecorada y de que Jimmy Carter le reconociera por decreto un día oficial.

En una de sus memorias, Hellen escribió:

“Antes de que mi maestra llegara, yo no sabía que soy. […] Como no podía en absoluto pensar, no comparaba un estado mental con otro. […] Cuando aprendí el significado de «yo» y de «mí», descubrí que yo era algo y entonces empecé a pensar. La conciencia existió para mí por primera vez.”

A partir de ese fragmento, Lola Nieto hace una brillante reflexión:

“Sin saberlo, Helen Keller realiza una de las declaraciones más atrevidas y osadas en teoría de lenguaje. El “yo” es un invento lingüístico. La adquisición del “yo” se produce al adquirir el lenguaje. Si no aprendes a hablar no aprendes el concepto de “yo”, jamás te concebirás como un sujeto dispuesto frente al resto de seres y cosas.”

Si Nieto tiene razón, si el recuerdo de Keller es preciso, si las personas sordociegas viven en un estado ajeno a algo tan esencial en nuestra forma de entender el mundo como es el propio “yo”, ¿cómo de alejada está su experiencia de la nuestra? ¿Cuál es la distancia real entre sus qualia y los nuestros?

Una última imaginación: de entre todas las clases de formas de percibir el mundo que pudiéramos concebir, ¿de cuántas estamos privados? ¿Qué estamos no entendiendo en absoluto del universo que nos rodea?

Sí, ya. La clase de vértigo que se siente al mirar el cielo de noche.

____________________________________________________________________________

* Gracias a Car por las conversaciones sobre muchas de las movidicas del post de hoy. 😉

** ¿Conocéis “Johnny cogió su fusil”? No creo que ninguna película me haya provocado más desasosiego en mi vida. Con el libro aún no me he atrevido.

Share:

9 comments

  1. Inma 30 Mayo, 2017 at 13:11 Responder

    Hola Luis. Está muy bien tu artículo. Si conocer mucho, mucho más, nos hiciera más felices sería estupendo, la puñetera duda surge cuando no se sabe si será así. Sobre Johnny cogió su fusil, es terrible. La vi hace mucho tiempo y de verdad que te deja tocada. La historia de Hellen Keller también la vi de muy cría y y me impresionó mucho la manera de educar de Ann Sullivan y sobre todo de lo que consigue.
    Por cierto ¡¡¡¡¡ ya era hora que saliera otro artículo!!!! ¿Es que no vais a seguir escribiendo cosas tan guais como lo hacíais? ¡VENGAAAAA!
    Un abrazo

    • Luis 8 Junio, 2017 at 23:39 Responder

      Es verdad eso, no es evidente que más conocimiento vaya de la mano con más felicidad. Pero es difícil no volverse un poco avaricioso con él. Y, por otra parte, sí creo que hay relación entre sabiduría y felicidad. Igual es cosa de enfocar bien los esfuerzos. 😉

  2. Isis 30 Mayo, 2017 at 16:21 Responder

    Yo me he preguntado esto tantas veces… Si la gente percibirá el mundo igual que yo… qué chulo sería averiguarlo! Ahora, lo que es seguro es que las mujeres vemos más gamas de rojos ( y de otros colores) que los hombres, eso está más que comprobado! 😉

    • Luis 8 Junio, 2017 at 23:42 Responder

      Los hombres vemos ocho colores en brillo y mate. Punto! 😀

      Un amigo neurocientífico cree que conforme avancemos en conocimiento de la relación estímulo-respuesta neuronal, podremos estar razonablemente seguros de si es lo mismo o es muy diferente. Pero… cualquiera sabe! Optimista que es el tio! 🙂

  3. amelia 31 Mayo, 2017 at 11:49 Responder

    “Esta mujer, nacida en 01880”, en el párrafo que explicas quién es Hellen Keller ;).

    Me parece que hay experimentos que demuestran que los sospechosos habituales, lee aquí elefantes y primates, además de delfines, tienen una teoría de la mente. El asunto es que los primates parlantes ya han demostrado que entienden que ellos han visto cosas que su experimentador/cuidador no.
    Creo que Helen Keller se refería a que cuando estaba aislada, “estaba”. Carecía de elementos lingüisticos para reflexionar sobre si misma, y de sentidos para entender lo que ocurría en su entorno. El yo que construyó fue la suma de percepción y cultura. Y no deberíamos olvidar que los sospechosos habituales tienen todos sus sentidos bien desarrollados, así que no tienen ese factor de aislamiento que Helen tuvo.
    Me ha encantado el artículo :).

      • amelia 10 Junio, 2017 at 10:03 Responder

        Sí, pensaba que era un error. Pero ya veo que lo haces por tus razones :).

        Los sospechosos habituales, primero tengo que decirte que todos tenemos un prejuicio, que es justo el contrario de la antropomorficación. Cuanto más lejos se demuestra que llega la mente de los animales, más le exigimos para admitir que nuestra mente y la suya es muy parecida. Sí, los animales parlantes han hecho preguntas. De Waal habla mucho de como extendemos el umbral de nuestras exigencias a conveniencia para negar la mente de los animales. Segundo, ¿qué seriamos nosotros capaz de plantearnos sin lenguaje?. Hasta la propia Helen Keller lo dijo. Nosotros tenemos en el lenguaje una herramienta que es capaz de transportar ideas implícitas y explícitas en tiempo y espacio. Quítanos el lenguaje, y ¿dónde quedaría nuestra cacareada mente inquisitiva?. ¿Qué pruebas se podrían hacer para demostrar que tenemos teoría de la mente y pensamos en la vida y la muerte?.
        Sé que lo que escribo suena extraño, pero intento que veas nuestros propios prejuicios y limitaciones a la hora de intentar comprender la mente de los animales. Además estos prejuicios han sido más fuertes desde ramas como la filosofía, que han escrito todo un argumentario basado en grandes ideas retóricas, expresadas en muy bellas palabras eso sí, que no se han molestado en contrastar con la realidad. Y estas ideas se han podido elaborar precisamente gracias al lenguaje. Por eso he escrito lo de que nos quites el lenguaje y a ver en qué nos quedamos y cómo se podría demostrar.
        Afortunadamente hay otras corrientes filosóficas más abiertas tanto a admitir la existencia de la mente en muchos animales como a basar sus conclusiones en experimentos y observaciones, no en retórica elaborada.

Escribe un comentario

Tu dirección de email no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con asterisco